—¡Qué ojos más picarescos tiene este montañés!—dijo, mirando al chico.—¿Por qué los bajas? ¿Te ríes? Ah, diablillo...

Anania reía de alegría al verse contemplado por el padrino y mirado afectuosamente por la señora Carboni.

—¿Qué quieres ser, diablillo?

El pequeño bajaba y alzaba los ojos brillantes (que la limpieza de tía Tatana había curado por completo) y trataba de esconderse detrás de su padre.

—¡Vamos, contesta al padrino!—exclamó éste cogiéndolo por un brazo.

—¿Qué quieres ser, diablillo?

—¿Almazarero?—preguntó la señora.

Con la cabeza dijo que no, que no.

—¿Ah, no te gusta? ¿Labrador?

No, y siempre no.