En Semana Santa,—aquel año la Pascua caía á últimos de abril,—el almazarero cumplió el precepto pascual y el confesor le ordenó que legitimara á su hijo. Al mismo tiempo, Anania, que cumplía ocho años, fué confirmado, siendo su padrino el señor Carboni. Fué un gran acontecimiento para el chico y para la ciudad entera que se dió cita en la catedral en donde monseñor Demartis, el guapo é imponente obispo, confirmó á centenares de niños. Por las puertas abiertas de par en par, que á Anania le parecían inmensas, penetraba la primavera con su luz intensa y su templada fragancia dentro de la iglesia, atestada de mujeres con vestidos colorados, de señores y de alegres chiquillos. El señor Carboni, con la cara y el pelo rojos y los ojos azules, con el chaleco de terciopelo cruzado por una enorme cadena de oro, era saludado, respetado, buscado por los personajes más conspicuos, por los campesinos y campesinas, por las señoras y niños que llenaban la iglesia. Anania se sentía orgulloso y feliz con tal padrino; pues si bien era verdad que el señor Carboni debía apadrinar á otros diez y siete niños, esto no quitaba importancia al honor especial de cada uno de ellos.
Después del acto, los diez y ocho ahijados, con sus respectivos padres, acompañaron al padrino á su casa, y Anania pudo admirar la sala de Margarita,—de la cual había oído contar maravillas,—una gran sala empapelada de un papel grana, con una sillería del siglo pasado, cómodas adornadas con flores artificiales cubiertas por campanas de cristal, fruteros con frutas de mármol y platitos con rajas de embutidos y queso, también de mármol.
Les sirvieron licores, café, bizcochos y amargos; y la hermosa señora Carboni, que tenía dos profundos hoyuelos en las mejillas y llevaba el pelo negro muy tirante, muy tirante de las sienes, elegantemente vestida con un traje de casa de indiana á cuadros azul y rosa, con volantes y encajes, estuvo amable con todos y besó á los niños entregando á cada uno un paquetito.
Anania recordó durante mucho tiempo todos estos detalles. Recordó que en vano había esperado ardientemente que Margarita entrase en la sala y se fijase en su vestidito nuevo, de fustán amarillo, duro como la piel del diablo; recordó que la señora Carboni besándole y dándole suaves golpecitos con su mano llena de sortijas sobre la cabeza horrorosamente pelada, había dicho al almazarero:
—¡Oh, compadre! ¿por qué lo ha pelado de esta manera? Parece calvo...
—Así está mejor, comadre,—había contestado Anania grande, siguiendo la broma de la señora, de la cual en realidad no era compadre;—la cabeza de este polluelo parecía un bosque...
—¿Ya ha cumplido con su deber?—prosiguió diciendo el ama.
—¡Sí, señora! ¡Sí, señora!
—Me alegro. Créame, sólo los hijos legítimos son el apoyo de los padres en la vejez.
Después se acercó el señor Carboni.