Pero Anania no encontraba nada. Al anochecer padre é hijo volvían lentamente al pueblo, recorriendo las blancas calles en cuyo fondo ardía un crepúsculo de oro. Tía Tatana les esperaba con la cena á punto y un montón de crujientes brasas en el limpio hogar. Quitaba los mocos al pequeño Anania, le limpiaba los ojos y contaba á su marido los sucesos del día.

Nanna, la borracha, se había caído sobre el fuego; Efes Cau llevaba un par de zapatos nuevos; tío Pera había apaleado á un chiquillo; el señor Carboni había ido á la almazara para ver el caballo.

—Dice que está horrorosamente flaco.

—¡Diablo! ¡después de tanto trabajar! ¡qué se creía el amo! También los animales son de carne y hueso.

Después de cenar, el almazarero se iba á la taberna, no acordándose ya de Olí ni de sus aventuras; y tía Tatana hilaba y contaba cuentos á su hijo adoptivo. Á veces les hacia compañía Bustianeddu.

—«Pues señor, érase una vez un rey que tenía siete ojos de oro en la frente, que parecían siete estrellas...».

Ó el cuento del «Dragón y Mariedda». Mariedda se escapaba de la casa del Dragón:

—«...ella corría y corría, echando clavos que se multiplicaban, se multiplicaban y ya cubrían todo el campo. El señor Dragón la seguía, la seguía, pero no llegaba á alcanzarla porque los clavos se le clavaban en los pies...». ¡Dios mío, con qué placer veían los dos chicos que se escapaba Mariedda!

¡Cuánta diferencia entre la cocina, el aspecto y las narraciones de la viuda de Fonni, y la cocina limpia y caliente, la figura apacible y los maravillosos cuentos de tía Tatana! Y sin embargo, Anania se aburría, ó al menos no experimentaba las emociones de terror que los cuentos de la viuda le habían producido en otro tiempo; tal vez debido á que en lugar del buen Zuanne, del querido hermanito, estaba Bustianeddu, malo y de mala intención, que le pellizcaba continuamente y le llamaba soplón y bastardo hasta delante de la gente y á pesar de los sermones de tía Tatana. Una noche le llamó bastardo delante de Margarita Carboni, que con la criada había venido á un recado á casa del almazarero. Tía Tatana se le echó encima para taparle la boca, pero llegó tarde. Ella lo había oído, y Anania sintió un dolor indecible, que no pudo endulzar el pan untado de miel que tía Tatana les dió á él y á Margarita. Á Bustianeddu nada. ¿Pero qué era un pedazo de pan untado de miel comparado con la profunda amargura de ser llamado bastardo ante Margarita Carboni? Llevaba un vestido verde, medias de color violeta y una toquilla de un rosa muy vivo, que aumentaba el color de sus mofletes y hacía resaltar más el azul de sus ojos angelicales. Aquella noche Anania soñó con ella, tan hermosa, con todos los colores del iris, y también durante el sueño sentía la pena de haber sido llamado bastardo en su presencia.