—Trabajaba siempre...

—¿Es verdad que un carabinero se quería casar con ella?

—¡No es verdad! Los carabineros me decían: Di á tu madre que venga; tenemos que hablar.

—¿Y ella?—preguntaba con ansia el almazarero.

—¡Oh, se ponía furiosa!

—¡Ah!

El molinero respiraba; sentía algo de alegría oyendo que no andaba en tratos con los carabineros. Pues bien, sí; aún la quería, aún recordaba con ternura sus ojos claros y ardientes, á sus hermanitos, al pobre y desgraciado peón caminero; ¡pero él no podía hacer nada! Si hubiese sido libre, de seguro se habrían casado; y en cambio había tenido que abandonarla. Ahora era completamente inútil pensar más en ello.

—Mira,—decía á Anania, cuando terminaban la frugal comida,—ves allí, donde hay una chumbera, ¿la ves?, había una casa antiquísima. Ve, y escarba en el suelo, tal vez encuentres algo.

El chiquillo salía corriendo, experimentando un sentimiento de liberación al alejarse de aquel hombre sucio y triste, mientras el padre pensaba:

—Las almas inocentes encuentran más fácilmente los tesoros. ¡Si encontrase algo! Señalaría una renta á Olí, y cuando se muriera mi mujer me casaría con ella. Después de todo, he sido yo el primero en «engañarla».