—¡Jesús, Jesús, Santa Catalina bendita!—exclamó la buena mujer cuando lo supo.—¡En qué mundo vivimos! ¡Hasta los pajarillos, hasta los pollitos dentro del cascarón, ya pecan!

Anania nunca supo cómo tía Tatana había convencido á Bustianeddu para que volviera á poner el dinero en el cajón; pero desde entonces los dos amigos se miraban de reojo y por nada se insultaban y venían á las manos.

Pasó el invierno, y hasta abril siguió funcionando la prensa, pues la abundancia de oliva había sido aquel año extraordinaria. Sin embargo, algunos días, Anania el almazarero, cerraba la almazara y marchaba al campo á cavar los trigos del amo, llevándose al pequeño Anania del cual quería hacer un labrador; y el chiquillo le seguía, muy contento de servir para algo, llevando, con orgullo, á la espalda, su azada y la alforja con la comida. Los sembrados que aquel año cultivaba el almazarero se extendían en una ondulada llanura, en la cual arrojaban su larguísima sombra dos altos pinos, sonoros como dos torrentes. Era un paisaje dulce y melancólico, sin árboles y sin sombras, salpicado de cuando en cuando por alguna solitaria viña. La voz humana se perdía sin eco, como atraída y tragada por el murmullo único de los pinos, cuyas copas inmensas parecían sobrepujar las montañas grises y azuladas del horizonte.

Mientras el padre cavaba, inclinado sobre aquella extensión verde-clara del trigo, Anania se perdía á través de los campos desnudos y melancólicos, gritando á los pájaros y buscando hierbas y hongos. Á veces el padre, alzándose, le veía á lo lejos y sentía una punzada en el corazón, porque el sitio, el trabajo, la figurita del chiquillo, todo le recordaba á Olí, sus hermanitos, la falta cometida, el amor y los placeres gozados.

¿Dónde estará Olí? ¡Quién sabe! Se había perdido, se había extraviado como un pajarito en el campo; ¡peor para ella! Anania el almazarero creía cumplir de sobra con su deber criando al chico; si encontraba el tesoro con que siempre soñaba, daría carrera al niño; si no, haría de él un buen labrador; ¿se podía hacer algo más? ¿Y los que no reconocen á sus propios hijos y en lugar de recogerlos y educarlos cristianamente, como él hacía, los abandonan á la miseria y á la mala vida? Hasta gente rica, hasta ciertos señores obraban de esta manera. Sí, hasta el amo obraba así; sí, hasta el señor Carboni... Anania grande se consolaba pensando en lo que hacían otros muchos, pero aún le quedaba en el corazón algo de melancolía, y mirando á lo lejos le parecía descubrir los muros que rodeaban la caseta en donde había vivido Olí; y durante la comida, ó mientras descansaban á la sombra de los pinos sonoros, interrogaba á su hijo sobre los sucesos de su infancia. Anania estaba cohibido ante su padre y no se atrevía nunca á mirarle á los ojos; pero una vez empujado por la vía de los recuerdos, charlaba de buena gana, entregándose al placer nostálgico de contar tantas cosas pasadas. Lo recordaba todo: Fonni, la casa, los cuentos de la viuda, el buen Zuanne de las orejas grandes, los carabineros, los frailes, el patio del convento, las castañas, las cabras, las montañas, la cerería. Pero hablaba muy poco de su madre, y en cambio el almazarero le preguntaba siempre cosas de ella.

—Oye, ¿te pegaba mucho tu madre?

—¡Nunca, jamás!—protestaba Anania.

—Yo sé que te pegaba.

—¡Que me quede ciego si miento!—perjuraba el chiquillo.

—Y díme... ¿qué hacía?