Y se marchó corriendo, dejando á Anania presa de una profunda pena. ¡Ladrón, bastardo, abandonado! ¡Era demasiado, era demasiado! Y se echó á llorar y sus lágrimas caían dentro del caldo.

—¡Y ahora, Bustianeddu también me abandonará y marchará solo! ¿Y yo, cuándo podré marcharme? ¿Cuándo podré ir á buscarla?

—¡Cuando sea mayor!—se respondió á sí mismo, animándose.—Ahora no puedo.

Apenas entregó el caldo á tía Tatana corrió á la ventana de la almazara. Silencio. No se veía á nadie; no se oía nada en el húmedo huerto iluminado por la luna. Las montañas azules se recortaban sobre el fondo del vaporoso cielo; todo respiraba silencio y calma.

De pronto oyó la voz de Bustianeddu.

—¿No ha recogido el dinero?—dijo Anania.—¿No ha entrado en el huerto? ¿Y si yo fuera?

Tuvo miedo; volvió á la almazara y empezó á dar vueltas como un gatito hambriento al rededor de tía Tatana que cuidaba al enfermo. Ella le hizo la pregunta de costumbre:

—¿Qué tienes? ¿Te duele el vientre?

—Sí, vámonos á casa.

Comprendió que el chico quería decirle algo y le acompañó.