—¡Á tu madre!—dijo el otro irónicamente.—¡Échale un galgo!

Y seguían andando poco á poco, y Anania miraba siempre la taza para que el caldo no se vertiera.

—¡Somos unos ladrones!—dijo en voz baja.

—El dinero es de mi padre y tú eres un mameluco. ¡Me marcharé yo solo, yo solo y nadie más que yo!—dijo con energía Bustianeddu.

—¡Mejor, y ojalá no vuelvas!—exclamó el otro.—Pero yo se lo diré á... á tía Tatana (¡le daba vergüenza volver á decir mi madre!)

—¡Soplón!—gritó Bustianeddu, amenazándole con los puños cerrados.—Si hablas te mato como á un perro, te rompo la cara, te pateo hasta que eches las tripas por la boca.

Anania bajó la cabeza, por miedo de verter el caldo y recibir los puñetazos de su amigo, pero no retiró la amenaza de contarlo todo á tía Tatana.

—¿Qué diablo te han dicho en aquel patio?—prosiguió diciendo el otro temblando de cólera.—¿Qué te ha dicho aquella criaducha? Habla.

—Nada. Pero yo no quiero ser un ladrón.

—Lo que tú eres, es un bastardo,—gritó entonces Bustianeddu.—¡Eso eres! Y ahora mismo voy, recojo el dinero y no vuelvo á mirarte á la cara.