—Es una enfermedad que ataca á los borrachones,—replicó Anania.—Se retorcía como un gato...
Apenas pronunció esta palabra se puso colorado recordando el gato cogido por el tío Pera y las cien liras robadas y escondidas en el huerto. ¡Cien liras robadas! ¿Qué hubiera dicho Margarita Carboni, si hubiese sabido que él, Anania, el hijo del almazarero, el criado, con el cual la señorita se dignaba mostrarse afable y buena, había robado cien liras y que estas cien liras estaban escondidas en el huerto? ¡Ladrón! ¡Sí, era un ladrón y de una cantidad enorme! Sólo entonces vió lo vergonzoso de su proceder y sintió dolor, humillación, remordimiento.
—¡Ay, como un gato!—dijo Margarita, apretando los dientes y torciendo la boca.—¡Dios mío, Dios mío; es mejor que se muera!
La criada volvió con la taza llena de caldo. Anania ya no pudo seguir charlando; cogió la taza y se marchó poco á poco, procurando no verterlo. Sentía muchas ganas de llorar, y cuando se juntó con Bustianeddu en la esquina de la calle, repitió las palabras de Margarita:
—¡Es mejor que se muera!
—¿Quién? ¿Está caliente el caldo? Voy á probarlo...—dijo el otro acercando la boca á la taza.
Anania se puso terrible.
—¡No lo toques!—gritó.—¡Tú eres muy malo! Serás lo mismo que Efes. ¿Por qué has cogido el dinero?—añadió bajando la voz.—Robar es un pecado mortal. Vete á buscarlo y vuélvelo á poner en el cajón.
—¡Bah, bah! ¿Estás loco?
—¡Si no, se lo diré á mi madre!