—¡Animal, te voy á dar insultos!—dijo la criada persiguiéndole por la calle.

Pero logró escaparse, mientras Anania entraba en el patio iluminado por la luna.

—¿Quién es, qué quieren?—preguntaba una vocecita sutil, oculta en la sombra de una galería, en donde se abría la puerta de la cocina.

—¡Soy yo!—gritó Anania, adelantándose con la taza en la mano.—Efes Cau se ha puesto enfermo en la almazara, y mi madre me envía para ver si la señora quiere darme un poco de caldo para aquel infeliz.

—¡Ven, ven!—contestó la vocecita.

En aquel momento entró la criada, y no habiendo podido coger á Bustianeddu, empezó á dar empujones al pobre Anania. Entonces la niña que había dicho «ven, ven» salió á la defensa del hijo del almazarero.

—Déjale. ¿Qué te ha hecho?—dijo, tirando á la criada de la falda.—Dale en seguida el caldo. ¡Pronto!

Aquella protección, el tono de mando, la figurilla regordeta y sana, el vestido de franela azul, la nariz grande y algo arremangada entre dos gordos carrilletes, los ojos brillando á la luz de la luna entre dos rizadas cocas de cabellos casi rojos, agradaron inmensamente á Anania. Ya conocía de antes á la hija del amo, Margarita Carboni, como la llamaban todos los chicos que iban por la almazara; otras veces le había dado las mechas para las luces y la cebada para el caballo; casi todos los días la veía en el huerto y de cuando en cuando en la almazara á donde iba con su padre; pero nunca se pudo imaginar que aquella señorita sonrosada y regordeta y de aire tan altivo, fuese tan amable y cariñosa.

Mientras la criada estaba en la cocina en busca del caldo, Margarita preguntó á Anania algunos detalles de la enfermedad de Efes Cau.

—Hoy ha comido ahí, en este patio,—decía con gran seriedad.—Parecía estar bien.