Y se echó á llorar.

Le acostaron, y se adormeció, delirando, llamando á su madre y á una hermanita muerta.

Anania le miraba con terror y piedad; hubiese querido hacer algo para ayudarle, y al mismo tiempo sentía un instintivo malestar al ver aquel hombre antes rico, y ahora reducido á un lío de fétidos andrajos, tumbado sobre el borujo como un montón de inmundicias.

Llamada por Bustianeddu vino tía Tatana; se inclinó piadosamente sobre el enfermo, le tocó, le interrogó, le puso un saco bajo la cabeza.

—Es preciso darle un poco de caldo,—dijo alzándose.—¡Oh, el pecado mortal, el pecado mortal!

—Hijito,—dijo á Anania,—ve á casa del amo y pide un poco de caldo para Efes Cau. ¡Mira, mira á dónde lleva el pecado mortal! Vete, coge una taza; vete.

Se fué de buena gana y Bustianeddu le acompañó. La casa del amo no estaba muy lejos y Anania iba allá, con frecuencia, para recoger la ración del caballo, las mechas para las luces de la almazara y á otros muchos recados.

La calle estaba iluminada, á trechos, por la luna; grupos de labradores pasaban cantando un coro melancólico y apasionado. Ante la blanca casa del señor Carboni, había un patio cuadrado rodeado de altos muros y con un gran portón pintado de rojo. Los dos chiquillos tuvieron que dar fuertes golpes para que les abrieran; y Anania entregó la taza, contando lo sucedido á Efes Cau.

—¿No será para vosotros el caldo?—dijo sonriéndose la criada, mientras miraba de arriba abajo, sospechosa, á los dos chicos.

—¡Vete al cuerno, María Iscorronca![23]. ¡Nosotros no tenemos necesidad de caldo!—gritó Bustianeddu.