—Aquéllos sí, aquéllos sí que son señores ricos,—dijo Carchide.—¡Y no los roñosos nuorenses!

—¡Mi amo es muy rico!—protestó Anania;—tiene él más riquezas en el rincón donde guarda las escobas, que todos tus alcaldes piojosos.

—¡Quiá!—gritó el joven, haciendo un corte de mangas.—¡No sabes lo que te pescas!

—¡Quien no lo sabe eres tú!

—Tu amo está lleno de deudas; veremos el final. ¡Vaya si lo veremos!

—¡Antes ciegues!

—¡Antes revientes!

Á poco más, el almazarero y el joven zapatero llegan á las manos; pero su disputa fué interrumpida por un ataque de delirium tremens que dió al pobre Efes Cau. Cayó sobre el borujo, dando vueltas, retorciéndose, saltando como un gusano, con los ojos desencajados y las facciones contraídas.

Anania corrió á un rincón, gritando y llorando todo espantado, mientras Bustianeddu, el almazarero y todos los demás sujetaban al desdichado. Poco á poco volvió en sí, se sentó sobre el desparramado borujo y miró á su alrededor con sus ojos saltones llenos de espanto, aún todo contraído y tembloroso. Le dieron de beber, le animaron.

—¿Quién... quién me ha pegado? ¿Por qué me habéis pegado? ¿No os parece que bastante me castiga Dios, para que vosotros aun me peguéis?