—Escondido. Ea, mameluco; no eres bueno para nada.

Anania no se dió por ofendido; cerró la ventana y entró en la almazara donde se desarrollaba la escena de costumbre. Efes, rascándose la espalda contra la pared, cantaba:

Cuando Amelia tan pura y tan sencilla...

y Carchide contaba que había ido á un pueblo cercano á unos negocios.

—El alcalde era amigo de mi padre, de cuando éramos ricos,—decía el buen mozo, cuya familia había estado siempre en la miseria.—Apenas se entera que he llegado al pueblo, me manda llamar y me lleva á su casa. ¡Cuánta riqueza! ¡Treinta criados y siete criadas! Para llegar á las habitaciones hay que atravesar tres patios, con muros altísimos; las puertas de la calle son de hierro, todas las ventanas tienen rejas.

—¿Y para qué?—preguntó el almazarero.

—Por miedo á los ladrones, amigo. Porque el alcalde es rico como un rey.

—¡Bah! ¡Bah!—gritó un hombre de los que movían las palancas.

—¿Y tú qué sabes?—siguió diciendo Carchide, mirándole con desprecio.—¡El alcalde y sus hermanos, cuando murió su padre, se repartieron las monedas de oro con una medida tan grande como un hectolitro! ¡Además, la mujer del alcalde, tiene ocho tancas, una al lado de otra, regadas por un riachuelo y más de cien fuentes! Y dicen que el padre del alcalde encontró un ascusorju[22], en donde el rey de España escondió más de cien mil escudos de oro, cuando hacía la guerra á Leonor d'Arborea.

—¡Ah!—exclamó el almazarero, estremecido por la emoción, apoyándose sobre la negra pala.