Sin embargo, no pensó ni por un solo instante en ponerse en salvo, y esperó valerosamente acurrucado bajo la ventana.
Y de pronto pasos, una respiración jadeante, una voz queda y trémula.
—¡Anania! ¿Dónde diablos te has metido?
Anania se puso de pie y tendió la mano al compañero sano y salvo.
—¡Diablo!—dijo Bustianeddu, jadeante aún,—¡de buena he escapado!
—¿No has oído el silbido? Sin embargo, he silbado bien fuerte.
—No he oído nada. Sólo he oído los pasos de dos hombres y me he escondido bajo las coles. ¿Y sabes quiénes eran los dos hombres? Tío Pera y maestro Pane. ¿No sabes qué han hecho? Pues mira, tienen puesto un lazo para los gatos; el gato que maullaba estaba cogido en el lazo, y el tío Pera lo ha matado con su tranca. Maestro Pane cogió al pobre animal, lo escondió bajo la capa y dijo, muy contento: «¡Dios mío, qué gordo está! Menos mal, porque el de anteayer parecía un palillo». Y se marcharon.
—¡Oh!—exclamó Anania, con un palmo de boca abierta.
—Ahora lo asan y se lo comen, ¿comprendes? ¡Son ellos los que roban los gatos, cogiéndolos en el lazo! ¡Menos mal que no me han visto!
—¿Y el dinero?