—Mira, cogeremos las cien liras que están en el cajón de la cómoda; si quieres, las cogemos ahora mismo; después las escondemos, porque si nos marchamos en seguida mi padre verá que yo las he cogido; esperamos que ya no haga frío y después nos marchamos. Ven.
Condujo á Anania á un cuarto sucio y desarreglado, lleno de apestantes pieles de cordero, buscó la llave en un escondrijo, é hizo que le ayudara para abrir el cajón; además del billete rojo de cien liras, había otros billetes y monedas de plata, pero los dos ladronzuelos domésticos cogieron sólo el billete rojo, cerraron y volvieron á colocar la llave en su sitio.
—Ahora lo guardas tú,—dijo Bustianeddu, metiendo el billete en el pecho de Anania;—esta noche lo esconderemos en el huerto de la almazara, en aquel agujero de la encina, ¿sabes? y esperaremos.
Antes de poderse dar cuenta de ello, Anania se encontró con el billete en el pecho, junto al amuleto de brocado; y pasó un día de fiebre, lleno de remordimientos, de miedo, de esperanzas y proyectos.
¡Huir! ¡huir! El cómo y el cuándo no lo sabia, pero sentía que iba á realizarse su sueño y experimentaba alegría y espanto. ¡Huir, pasar el mar, penetrar en aquel misterioso continente donde su madre se escondía! ¡Qué ansias, qué sueño, qué alegría! Las cien liras le parecían un tesoro inagotable; pero comprendía el grave delito cometido al robarlas y no veía llegar el momento de librarse de ellas.
No era la primera vez que los dos amigos penetraban en el huerto cultivado por tío Pera, saltando por la ventanilla de la sala contigua á la almazara; pero de noche no habían estado nunca; así es que lo pensaron mucho antes de arriesgarse. La noche era clara y fría; la luna llena salía por entre las negras peñas del Orthobene, iluminando el huerto con áurea claridad. Llegaba á los dos chicos, asomados á la ventana, un desesperado maullido, parecido á un lamento.
—¿Oyes? ¡Debe ser el diablo!—dijo Anania.—Yo no bajo, no; tengo miedo.
—¡Entonces quédate! ¿No comprendes que es un gato?—dijo el otro con desprecio.—Bajaré yo; escondo el dinero en la encina, en donde tío Pera nunca mira, y vuelvo en seguida. Tú quédate vigilando; si hay peligro, das un silbido.
Cuál podía ser el peligro, no lo sabían ninguno de los dos; pero ambos encontraban un placer agudo en hacer fantástica la aventura, á la cual la luz de la luna y el desgarrador lamento del gato, daban un sabor especial.
Bustianeddu saltó al huerto, y Anania se quedó en la ventana, algo avergonzado del miedo que le hacía temblar, pero todo ojos y oídos. Apenas su compañero hubo desaparecido en dirección de la encina, pasaron dos sombras por bajo de la ventana. Anania se estremeció; dió un silbido tenue, muy tenue, y se escondió, acurrucándose. ¡Qué ímpetu de terror y placer extraño sintió en aquel momento! ¿Cómo se habría escapado Bustianeddu? ¿Qué habría pasado? Y en seguida, los lamentos del gato redoblaron, se unieron todos en un gemido rabioso y desgarrador; después cesaron. Silencio. ¡Qué misterio, qué horror! Anania sentía estallarle el corazón. ¿Qué le pasaba á su amigo? ¿Lo habrían cogido, lo habrían prendido? Ahora le llevarán á la cárcel, y él, también él, tendrá su parte de castigo.