—¿Qué, te creías era sólo un minuto?—dijo el otro, con su aire de mayor.—¡Ya verás, ya verás! ¡Te caerá el moco y la baba, tendrás hambre y sed! ¡Mira, mira, Margarita Carboni!
La chiquilla, con medias violeta, toquilla rosa, y mitones de lana verde, avanzaba entre un sin fin de alumnas,—salidas de la escuela después que los chicos,—y pasó por delante los dos amigos sin dignarse mirarles. Detrás del grupo que la rodeaba, venían otros grupos de muchachitas, ricas y pobres, del campo y de la ciudad, algunas ya talluditas y coquetuelas.
Los muchachos de cuarto y quinto se paraban á mirarlas y se reían entre ellos.
—Les hacen el amor,—dijo Bustianeddu.—¡Si los maestros les ven!...
Anania no contestó, pues estaba convencido que los alumnos y alumnas de cuarto y quinto tenían bastante edad para hacerse el amor.
—¡Hasta se cambian cartas!—prosiguió Bustianeddu, con gran énfasis.
—¡También nosotros, cuando estemos en cuarto, haremos el amor!—dijo sencillamente Anania.
—¡Tú qué vas á hacer, mameluco!—gritó el otro, mirándole con cara de risa.—¡Antes aprende á limpiarte los mocos!
Y cogiéndole de la mano echaron á correr.