Después de aquel día pasaron otro y otros. Volvió el invierno, de nuevo se abrió la almazara, empezaron otra vez las escenas del año anterior. Anania era el primero de la clase, tal vez porque era también el de más edad, y desde entonces nadie puso en duda que llegaría á ser abogado, médico, ó tal vez juez.

Todos sabían que el señor Carboni había prometido pagarle los estudios; y aun cuando él también lo sabía, no conseguía formarse una idea clara del valor de tal promesa. Sólo mucho más tarde empezó á sentir gratitud. Entonces sólo sentía una sujeción invencible y al propio tiempo una verdadera dicha cuando veía la risueña y afable cara de su padrino. Á menudo le convidaban á almorzar en casa del señor Carboni; pero, extraño convite, debía comer en la cocina con los criados y los gatos; de lo cual no se quejaba, porque le parecía que en la mesa, con los señores, la cortedad y la alegría no le habrían dejado abrir la boca.

Después del almuerzo, Margarita entraba en la cocina y estaba un rato con él, por lo general, informándose de las personas que frecuentaban la almazara; después le llevaba de un sitio á otro, al patio, á los graneros, á la despensa, complaciéndose cuando le oía exclamar con los gestos de Bustianeddu: «¡Demonio, cuántas cosas tenéis!», pero nunca se rebajaba á jugar con él. Aparte de que Anania tampoco era aficionado al juego; era tímido y formal, y sin darse cuenta aún de toda su tristeza, sentía ya la irregularidad de su situación.

Pasaron los años.

Después de la maestrita bigotuda, llegó el turno del maestro que parecía un gallo; después vino un viejo, fumador sempiterno, que, señalando con el dedo la isla de Spitzberg, decía llorando: «Aquí estuvo prisionero Silvio Pellico»; después, un maestro chiquitín con la cabeza como una bola, pálido, muy alegre, que se suicidó. Todos los alumnos quedaron malamente impresionados del triste suceso. Durante mucho tiempo no pensaron ni hablaron de otra cosa, y Anania, que no podía comprender por qué el maestro se había suicidado, siendo un hombre tan alegre, declaró en plena escuela que estaba pronto á suicidarse á la primera ocasión.

Afortunadamente no se presentó la ocasión. En aquella época no tenía disgustos; estaba sano, su familia le quería en extremo y era el primero de la clase. Á su alrededor la vida se desarrollaba siempre igual, con las mismas figuras y los mismos sucesos,—un día semejante al otro, un año semejante al otro,—como una tela, siempre con la misma muestra, que el tendero despliega de una pieza interminable.

En invierno se reunían en la almazara siempre las mismas personas, los mismos tipos, y se renovaban las mismas escenas.

En primavera, el saúco florecía en el patio, las moscas y las avispas zumbaban en el aire luminoso; en las calles y casas se veían las mismas personas; tío Barchitta, el loco, con sus ojos azules fijos y la barba y cabellera partida, parecido á un viejo Jesús mendigando, seguía en su inofensiva extravagancia; maestro Pane aserraba tablas y hablaba consigo mismo en voz alta; Efes pasaba tambaleándose; Nanna le seguía; los chiquillos, llenos de granos y llagas, jugaban con los perros, gatos, gallinas y lechones; las mujerzuelas se insultaban; los muchachos cantaban coros melancólicos en las serenas noches, iluminadas por la luna; el lamento de Rebeca vibraba en el aire como el canto de un cuclillo en la tristeza de un terreno inculto.

Como aparece el sol por un repentino desgarrón del nublado cielo, algunas veces aparecía en el miserable barrio de Anania, la risueña figura del señor Carboni. Las mujeres salían al portal para saludarle y sonreirle; los hombres que no trabajaban, tumbados indolentemente, se ponían de pie de un salto todo avergonzados; los chiquillos le corrían detrás, besando sus manos, que bonachonamente llevaba cruzadas por detrás de la espalda.

En un riguroso invierno de carestía, proveyó de polenta[24] y aceite á todo el barrio. Todos recurrían á él para pequeños préstamos, jamás restituidos; por todas partes, por todas aquellas callejuelas llenas por el viento de hojas, paja y basura, encontraba chiquillos y muchachos que le llamaban «padrino» y mujeres y hombres que le llamaban «compadre»; ya no recordaba el número de sus ahijados, y tío Pera afirmaba maliciosamente que no pocos se fingían compadres y comadres suyos para sacarle dinero.