—¡Además, muchos esperan que les pague los estudios de sus hijos!—dijo un día el viejo hortelano, sentado ante el homo de la almazara, con la tranca sobre sus rodillas.
—¡Á alguno ayudará seguramente!—observó el almazarero, sin disimular su satisfacción mirando á Anania que estaba asomado á la ventana.
—¡Pero sólo á uno! ¡Le gusta darse importancia, pero no se arruinará!
—¿Por qué decís esto, mal bicho?—exclamó el almazarero, enfadándose.—Sois como el diablo, cuanto más viejo más malo.
—¡Vamos á ver!—respondió el viejo esputando y tosiendo.—¿Tú crees que no se sabe todo? ¡Sólo los perros consiguen tapar sus basuras! ¿Por qué el amo no paga los estudios á sus bastardos?
Anania, que miraba por la ventana, bajo la cual exhalaba sus olores un montón de borujo aún echando humo, sintió un estremecimiento correrle por el espinazo, como si alguien le pegase.
Pero no se movió.
El almazarero esputó y tosió á su vez, y hubiese querido que Anania no oyera las sacrílegas palabras del hortelano, pero no pudo contenerse y empezó á desatarse contra el viejo.
—¡Cochino, mala persona! ¿Qué manera de hablar es ésa?
—¡Como si todo no se supiera!—repetía el viejo, cogiendo la tranca con la mano, como para defenderse de un probable ataque.—¿El chico que trabaja en la tienda de Francisco Carchide, es acaso hijo de Jesucristo? Pues entonces, ¿por qué el amo no hace estudiar á aquel muchacho que es hijo suyo?