—¡Es hijo de un cura!—dijo el almazarero, bajando la voz.

—No es verdad, es del amo. Fíjate bien en él. Es idéntico á Margarita.

—Bueno,—respondió desarmado por completo;—aquel muchacho es de la piel del diablo. No se le puede hacer estudiar. ¿Qué hay que hacer si es más duro que una roca?

—¡Bueno, bueno!—murmuró tío Pera, atacado de un golpe de tos.

Anania siguió en la ventana, escupiendo sobre el montón de borujo, oprimido de una misteriosa tristeza. Conocía al chiquillo que trabajaba con Carchide, y sabía que era díscolo, pero no más que Bustianeddu y tantos otros que asistían á la escuela. ¿Por qué el señor Carboni no se lo llevaba á su casa, si era su hijo, como había hecho el almazarero con él? Después pensó:—¿Tiene madre aquel muchacho?—¡Ah, la madre, la madre! Á medida que iba creciendo, que se abría su mente, sus ideas y sensaciones tomaban forma,—sin que nadie se fijara en él, como no se fijan en los pétalos de una flor silvestre,—y el recuerdo de su madre se destacaba cada vez más claro en la aurora de la conciencia naciente. Por aquel entonces asistía á la quinta clase elemental, entre muchachos de todas clases y caracteres, y empezaba á vislumbrar algo de la ciencia del bien y del mal. Se daba cuenta de la vergüenza que le asaltaba cuando alguien aludía á su madre, y recordaba que hasta entonces se había avergonzado solamente por instinto; y sentía, al propio tiempo, un inmenso deseo de averiguar dónde se encontraba, de volverla á ver, de reprocharle su abandono. La tierra ignorada, lejana y misteriosa donde ella se había refugiado, empezaba á tomar, á los ojos de Anania, líneas y aspecto definidos, como la tierra que entre las nieblas del alba se va acercando á los navegantes. Estudiaba con gran placer la geografía, conociendo perfectamente el itinerario que había que recorrer para ir desde la isla al continente, donde se escondía su madre. Y así como antes, en la aldea, soñaba en la ciudad donde su padre vivía, ahora pensaba en las grandes ciudades descritas en los libros y por el maestro; y en una de ellas, y en todas, veía á su madre,—cuya imagen se iba debilitando en su memoria como una fotografía antigua,—y la veía siempre vestida en traje del país, descalza, esbelta y triste.

Un suceso acaecido pocos años después, trastornó por completo sus ensueños. Fué la vuelta de la madre de Bustianeddu.

Por aquella época, Anania iba al Gimnasio y estaba enamorado secretamente de Margarita Carboni. Se creía una persona formal y fingió no interesarse en el hecho, que preocupaba á toda la vecindad, mientras un sinnúmero de impresiones le oprimían el ánimo día y noche.

Al principio no vió á la mujer, oculta en casa de una parienta, pero cada día recibía las confidencias de Bustianeddu, que se había hecho un joven serio y astuto.

Como el tío Pera apenas podía trabajar, se había asociado con el almazarero para el cultivo de las habas y de los cardos, y Anania tenía libre entrada en el huerto, y gustábale sentarse en la parte alta, sobre la hierba, á la estrecha sombra de las chumberas y estudiar, contemplando el salvaje panorama de los montes y del valle. Allí iba Bustianeddu á buscarle y confiarle sus impresiones, que expresaba con algo de escepticismo, con palabras frías que despertaban un cúmulo de emociones en el alma de Anania.

—¡Ha vuelto!—decía Bustianeddu, echado boca abajo y moviendo las piernas.—¡Mejor era que no hubiese vuelto! Mi padre quería matarla, pero después le han calmado.