—¿La has visto?

—¡Ya lo creo que la he visto! Mi padre no quiere que vaya, pero yo voy. Está gruesa, viste como una señora. ¡No la habría conocido!

—¿No la habrías conocido?—exclamaba Anania, palpitante, todo maravillado y pensando en su madre. Ah, ¡él sí que la reconocería en seguida!

Pero después pensaba:

—También irá vestida de señora con el peinado de moda... ¡Dios mío, Dios mío! ¿cómo irá?

La figura de su madre se borraba, dejándole confuso; pero de pronto procuraba tomar ánimos confiando en su instinto.

—De todos modos, estoy seguro que la conocería. ¡Oh, estoy seguro de ello!—pensaba.

—¿Por qué ha vuelto tu madre?—preguntó un día á Bustianeddu.

—¿Por qué? ¡Vaya una gracia! Porque éste es su país. Cosía á máquina en una sastrería de Turín. Se ha cansado y ha vuelto.

Á estas palabras siguió una gran pausa. Los dos chiquillos sabían que la historia de la sastrería era una mentira, pero la aceptaban incondicionalmente. Poco después dijo Anania: