—Ahora tu padre debería hacer las paces.

—¡No!—dijo Bustianeddu, tomando la defensa de su padre.—Él tiene razón. ¡Ella no tenía necesidad de ponerse á trabajar para vivir!

—¿Pero tu padre no trabaja? ¿Es vergonzoso trabajar?

—¡Mi padre es comerciante!—respondió el otro.

—¿Y ahora, qué hará tu madre? ¿Y tú, con quién vivirás?

—¡No sé!

Y de cada día las noticias eran más emocionantes.

—¡Si supieras cuánta gente viene á casa para convencer á mi padre de que haga las paces con ella! ¡Hasta el diputado; sí, si! Después, ayer noche, vino la abuela, y dijo á mi padre: Jesucristo perdonó á la Magdalena; piensa, hijo mío, que hemos de morir; piensa que en la otra vida sólo nos sirven las buenas acciones. Mira cuán descuidada está tu casa; los ratones corriendo por todas partes.

—¿Y tu padre?

—¡Ea, fuera!—dice rabioso.—¡Pronto, fuera! ¡Debía daros vergüenza!