Al día siguiente, dijo Bustianeddu:
—¡Ahora se ha mezclado en el asunto la tía Tatana! ¡Vaya un sermón! Mira,—ha dicho á mi padre,—figúrate que tomas una amiga. Recógela: está arrepentida y se enmendará. ¿Si la rechazas, qué será de ella? El rey Salomón tenía setenta amigas en su casa y era el hombre más sabio del mundo.
—¿Y tu padre qué dijo?
—Estuvo más duro que una piedra. Sólo dijo que las amigas hicieron perder la cabeza al rey Salomón.
En efecto, el comerciante no cedió nunca. La mujer se fué á vivir á la otra parte del pueblo, hacia el convento en donde estaban las escuelas. Volvió á ponerse el traje del país, pero algo falseado, lleno de lazos y cintas, en el cual se reconocía en seguida á la mujer de fama equívoca. El marido no perdonó y ella siguió su camino.
Anania un día al ir al colegio la vió, y después la siguió viendo casi siempre. Vivía en una casa negruzca, alrededor de cuyas ventanas blanqueaba una faja de cal terminada en una cruz. Ante la puerta había cuatro escalones, y á menudo se la veía, alta y hermosa, aunque ya no muy joven, y de cara muy morena, sentada en un escalón, cosiendo ó zurciendo una camisa. En verano no llevaba nada á la cabeza, peinaba sus negrísimos cabellos algo levantados, en forma de tupé, sobre su estrecha frente, y cubría su esbelto cuello con un pañolito de seda amarilla.
Anania se ponía colorado cada vez que la veía. Sentía por ella una morbosa simpatía, y al propio tiempo le parecía odiarla. Hubiese querido dar un rodeo por no verla, y una fuerza oculta y maldita le llevaba siempre por aquel camino.
NOTAS:
[24] Polenta, pasta de arroz que se hace en Italia.