Eran las vacaciones de Pascua.
Un día Anania, mientras estudiaba la gramática griega, paseando por un estrecho sendero, abierto entre el verde ceniciento de un plantío de cardos, oyó llamar á la verja.
Estaban también en el huerto, el almazarero, que cavaba canturriando una poesía amorosa del poeta Luca Cubeddu; Nanna, que arrancaba las malas hierbas, ayudándole el tío Pera; y Efes Cau, tumbado sobre el césped, y, como de costumbre, borracho.
Casi hacía calor. Rosadas nubecillas corrían por el blanquecino cielo, perdiéndose tras los azulados picos de los montes de Oliena. Subían del valle, cual de inmensa concha colmada de verdor, perfumes y sonidos esfumados en la cálida atmósfera.
De cuando en cuando Nanna se incorporaba, apoyando una mano en la cintura, y con la otra echaba besos al estudiante.
—¡Alma mía!—decíale tiernamente.—¡Que Dios te bendiga! ¡Miradle cómo estudia, parece un santito! ¡Quién sabe á dónde llegará! Tal vez será juez. Todas las muchachas de la ciudad lo querrán coger como si fuera un confite. ¡Ay, mi pobre espalda!
—¡Trabaja!—decíale el tío Pera.—¡Así te traspasen el hígado, trabaja y deja tranquilo al chico!...
—¡Así os saquen todo el jugo! Si fuera una chiquilla de trece años, no me hablaríais de esta manera...—contestaba ella maliciosamente, volviendo al trabajo. Después volvía á incorporarse y á echar besos á Anania, que no se enteraba ni poco ni mucho.
—¿Quién es?—gritó el almazarero, oyendo llamar á la verja.
Anania y Efes alzaron la vista, el uno del libro, el otro del césped, casi con la misma expresión de angustiosa espera. ¿Que no fuera el señor Carboni? Anania y el borracho experimentaban casi la misma sujeción vergonzosa cuando el señor Carboni les sorprendía en el huerto; Efes Cau sentía todo el peso de su abyección, cuando aquel hombre bondadoso, con una mirada dulce y triste, sin dirigirle—único entre tantos—inútiles palabras de reproche, le saludaba y se entretenía un rato con él. Anania se acordaba de su madre y sentía vergüenza de sí mismo, que se atrevía á pensar en Margarita; y sin embargo, los dos, estudiante y vicioso, después de haber visto la bonachona figura de aquel hombre recto, sentían una grata y suave alegría.