Volvieron á llamar.
—¿Quién es?—gritó el almazarero, cesando de cantar y de cavar.
—¡Ya voy!—dijo Anania, echando á correr y agitando el libro al aire, mientras el tío Pera decía:
—Si es el amo, es preciso que Efes se levante y haga como que trabaja; es una vergüenza que siempre le encuentre ahí, tumbado en el suelo como un perro.
Nanna echó una especie de gruñido, recogiéndose, entre las negras piernas casi al descubierto, la falda toda desgarrada. El tío Pera gritó, dirigiéndose al borracho:
—¡Ea, tú, tumbón, levántate y finge ayudarnos!...
Efes hizo un movimiento para levantarse, pero en seguida se sublevó Nanna.
—¿Y por qué? ¿Por qué debe fingir que nos ayuda? ¿Por qué le insultáis, tío Pera, Sa gattu? ¡Así os dejen sin camisa! ¿No sabéis que era rico, y que aun siendo como es, vale siempre más que vos?
—¡Le defiendes! ¡Sois lobos de una misma camada!—dijo burlonamente el viejo, aludiendo al vicio de la bebida. Pero la disputa terminó con la vuelta de Anania acompañado de un jovencito con el traje de los campesinos de Fonni, delgado y paliducho, con una carita de ratón.
—¿Le conocéis?—preguntó el estudiante, dirigiéndose á su padre.—Yo no le hubiera conocido.