—¿Quién eres?—preguntó el almazarero, limpiándose las manos con un manojo de hierba.

El muchacho rióse tímidamente y miró á Anania.

—¡Es Zuanne Atonzu!—gritó el estudiante.—¡Cuánto ha crecido!

—¡Bien venido!—exclamó el almazarero, abrazándole.—Me alegro de verte. ¿Cómo está tu madre?

—Bien.

—¿Á qué has venido?

—Soy testigo en una causa.

—¿Dónde has dejado el caballo? ¿En la posada? ¿No te acordabas que somos parientes? ¿Qué? ¿Porque somos pobres no quieres venir á casa?

—¡Como yo soy tan rico!...—observó riendo el muchacho.

—Pues entonces vámonos y traeremos el caballo á casa,—dijo Anania, metiéndose el libro en el bolsillo.