Salieron juntos. Anania, muy contento de volver á ver al pobre pastorcito con su tosco vestido, que le recordaba todo un mundo salvaje ya lejano; Zuanne, dominado por una gran timidez, ante aquel señorito de piel blanca y rosada, cuya corbata destacábase sobre su reluciente cuello.
—Mamá, danos café,—gritó Anania desde la calle. Después llevó al huésped á su cuartito y empezó á enseñarle muchas cosas.
Muebles extraños llenaban el cuarto largo y estrecho, con el lecho de cañas cubiertas de cal, y el piso de tierra. Dos arcas de madera, parecidas á los antiguos cofres venecianos, en las cuales un artista primitivo había esculpido grifos, águilas, jabalíes, flores fantásticas; una cómoda monumental; cestos colgados de la pared junto á pequeños cuadros con el marco de corcho; en un rincón una tinaja para el aceite, en otro la camita de Anania, cubierta por una manta de lana gris hilada por tía Tatana; y entre la camita y la ventana, que daba sobre el saúco del patio, una mesita con un tapete de percal verde y una estantería de madera blanca en cuyas esquinas la fantasía artística de maestro Pane había labrado, tal vez imitando las arcas, hojas y flores antediluvianas. En la mesa y estantería había pocos libros y muchos cuadernos, todos éstos escritos por Anania, unas cuantas cajitas misteriosamente atadas, calendarios y paquetes de periódicos sardos. Todo estaba limpio y ordenado. Por la ventana entraban oleadas de luz y de perfumes, por el suelo obscuro y hendido á trechos, revoloteaban, persiguiéndose y jugueteando, dos hojas de saúco. Sobre la mesita estaba abierto un tomo de Los Miserables.
¡Cuántas, pero cuántas cosas hubiese querido enseñar Anania al joven forastero, como á un hermano esperado por largo tiempo! Pero el aspecto estúpido de Zuanne, mientras él abría y cerraba alguna de aquellas cajitas atadas misteriosamente, echó un jarro de agua fría sobre su alegría pueril.
¿Para qué? ¿Para qué había llevado á aquel pastor á su cuartito, donde junto á la fragancia de la miel, de la fruta y de los manojos de espliego que tía Tatana conservaba dentro las arcas, se esparcía el perfume de sus solitarios sueños; desde cuya ventanita, que daba sobre el saúco, sobre los techos llenos de hierba de las casetas de piedra, el mundo se abría ante él, virgen y florido como los graníticos montes del vecino horizonte?
Después de la alegría sintió un ímpetu de tristeza; sintió caer al suelo algo desprendido de su propio ser, como roca que se desprende de la montaña para no volver nunca jamás. La aldea nativa, el pasado, los primeros años de su infancia, los nostálgicos recuerdos, el poético afecto por su hermanito adoptivo, todo desapareció en un instante.
—Vámonos,—dijo casi indignado.
Y llevó al pastorcito por las calles de Nuoro, evitando los compañeros de escuela, por miedo de que lo pararan y preguntasen quién era aquel tosco campesino que paseaba con él.
Al pasar por delante la casa del señor Carboni, vieron asomarse, de pronto, al portón, una cara regordeta, de muy buen color, que hacía aún más intenso el reflejo de una flamante blusa roja.
Anania se quitó rápidamente el sombrero, mientras el reflejo de la blusa parecía también iluminar su cara. Margarita le sonrió, y nunca redondas mejillas de señorita fueron marcadas por hoyuelos más encantadores.