—¿Quién es aquella mujer?—preguntó groseramente Zuanne, apenas rebasaron la casa.
—¿Mujer? ¡Si es una muchacha de mi edad!—exclamó algo bruscamente Anania.—Sólo tiene nueve meses más que yo.
Zuanne se quedó sin saber qué decir, y no se atrevió á replicar; pero Anania sintió un fenómeno extraño desarrollarse rápidamente en él. Habló, como si la voluntad no fuese capaz de detener su lengua, mintió á sabiendas, pero gozando de una gran felicidad al pensar que lo que decía podía llegar á ser cierto, y dijo:
—Es mi novia.
Aquella noche, mientras el almazarero, tumbado en la cocina, se hacía contar por Zuanne el descubrimiento de las ruinas de Sorrabile, la antigua ciudad desenterrada en las cercanías de Fonni, preguntándole si aún podrían encontrarse tesoros, Anania contemplaba desde su ventanita el lento surgir de la luna entre los negros dientes del Orthobene.
¡Por fin estaba solo! Reinaba la noche, vibrante y dulce, y el cuclillo llenaba de palpitantes gritos la soledad del valle.
¡Invadido por una gran tristeza, Anania sentía gritar y palpitar su corazón en una soledad infinita!
¿Por qué había mentido? ¿Y por qué aquel estúpido pastor había callado al oir la gran revelación? ¿Acaso no comprendía qué cosa era el amor,—amor hacia una criatura superior,—amor sin límites y sin esperanza? ¿Por qué se había rebajado hasta la mentira? ¡Qué vergüenza, qué vergüenza! Creía haber calumniado á Margarita, tan indigno y lejos de ella se encontraba. Pensaba que el mismo espíritu de vanidad y el deseo de lo inverosímil, que una vez le llevó á contar á Zuanne el encuentro de los bandidos en la montaña—hacía ya tanto tiempo—le había llevado ahora á revelar aquel amor imposible. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Apoyó sus mejillas ardientes en sus manos heladas, con la vista fija en el rostro melancólico de la luna, y se estremeció. Recordaba un plenilunio de invierno, luminoso y frío, la vergüenza y la revelación del hurto de las cien liras, la figura de Margarita apareciendo ante él, como la sombra de una flor sobre el áureo disco de la luna. Tal vez su amor nació aquella noche; pero solamente ahora, después de tantos años, brotaba rompiendo la piedra bajo la cual, hasta entonces, había estado encerrado, como una fuente que no quiere correr por más tiempo bajo tierra.