Estas comparaciones—de la flor ante la luna, y de la fuente que brotaba de pronto,—eran de Anania, que se complacía con sus pensamientos poéticos, sin conseguir borrar con ellos la vergüenza y el remordimiento que le atormentaban.
—¡Qué miserable soy!—pensaba.—¡Que embustero! Podré estudiar, llegar á ser abogado, pero moralmente siempre seré el hijo de una mujer perdida...
Estuvo largo rato asomado á la ventana. Un canto triste pasó y llenó la calle, despertando en el alma del adolescente los recuerdos de la salvaje comarca donde nació, de las sangrientas puestas de sol, de los primeros años de su infancia; pero con una sensación completamente distinta de la que, poco antes, había experimentado.
Un sueño melancólico y luminoso como la luna surgió de su alma. Creía encontrarse aún en Fonni. No había estudiado, no había sentido nunca la vergüenza de su posición social. Trabajaba, era pastor, un poco rústico, como Zuanne. Y hete aquí que se encuentra en el borde de la carretera, en un rojo crepúsculo de estío; y ve á Margarita que pasa, también pobre y desterrada á lo alto de la montaña, con las caderas ceñidas por la falda de orbace, el ánfora sobre la cabeza, semejante á las mujeres bíblicas resucitadas en las mujeres de la Barbagia[25]. Él la llamaba y ella volvía la cabeza, iluminada por el resplandor del crepúsculo, sonriéndole voluptuosamente.
—¿Dónde vas, hermosa?—le preguntaba.
—Voy á la fuente.
—¿Quieres que te acompañe?
—Ven si quieres, Anania.
Y él iba; y andaban juntos por el borde de la carretera,—en lo alto de valles inmensos, en cuya profundidad la noche había extendido su manto, esperando que el purpúreo cielo perdiera sus colores y echase velos de sombra sobre todas las cosas,—y bajaban á la fuente. Margarita ponía el ánfora bajo el argentino chorro del agua murmuradora, que cambiaba de tono,—de monótono se convertía en alegre,—como si al caer dentro del cántaro interrumpiese su eterno aburrimiento. Los dos jóvenes se sentaban ante la fuente, sobre la ancha piedra, y hablaban de sus amores. El ánfora se llenaba, el agua se vertía, y por unos instantes callaba, como escuchando á los dos amantes. Y hete aquí que el cielo perdía sus colores y extendía velos de sombra sobre las faldas más altas y luminosas de la montaña, igual á la noche que cubría el fondo del valle y que los deseos de Anania habían invocado. Entonces ceñía con su brazo la cintura de la muchacha; ella apoyaba la cabeza sobre su hombro; él la besaba...