Por aquel tiempo, cuando apenas había cumplido diez y siete años, no tenia amigos, y no marchaba muy de acuerdo con sus compañeros de escuela, porque era desconfiado y quisquilloso. Temía continuamente que alguno le echara en cara su origen, y un día, habiendo sorprendido frases sueltas de una conversación entre dos condiscípulos, uno de los cuales decía: «en su caso no viviría con mi padre», creyó que se referían á él. No volvió á saludar al rico compañero que había pronunciado aquellas palabras, pero le dió la razón desde el fondo de su alma.
—¡Sí!—pensaba,—¿por qué sigo viviendo con este hombre sucio que ha engañado y precipitado por el camino del mal á mi madre? Yo ni le quiero ni le odio, pero no le desprecio como debía. No es malo, ni tan vulgar como todos nuestros vecinos. Sus sueños infantiles de tesoros y cosas maravillosas, su respetuoso afecto hacia su vieja mujer, su constante fidelidad para la familia del amo, le hacen simpático, y esto me desagrada, porque yo debo y quiero despreciarle. ¿Qué es para mí? ¿Le he pedido acaso que me diera la vida? Debía abandonarle, ahora que soy consciente...
Pero un poco de afecto y mucha familiaridad le unían á tía Tatana, que le adoraba. No había conseguido hacer de él lo que había soñado, esto es, un muchacho religioso y obediente, pero aun así como era, incrédulo, hablando mal de los curas y del rey, orgulloso y despreocupado, le quería igualmente y vivía casi del todo dedicada á él, convencida de que llegaría á ser un grande hombre. Él reía y bromeaba con ella, la cogía y la hacía bailar, le contaba todo lo que pasaba en el pueblo. Todas las mañanas ella le llevaba á la cama una taza de café y le anunciaba el estado del tiempo. Todos los domingos le prometía dinero si iba á misa.
—No, tengo sueño,—respondía;—ayer noche estudié mucho.
—¿Entonces irás más tarde?—insistía. Anania no contestaba, pero tía Tatana le daba, de todas maneras, los cuartos prometidos.
Á su alrededor desarrollábase siempre la misma escena con los mismos personajes. Seguía el saúco perfumando el aire y echando sus hojas dentro del cuartito silencioso, arrastradas por el viento, que traía de los valles los olores de la salvaje primavera nuorense. Seguían las abejas zumbando en la templada atmósfera, y seguían vibrando, á intervalos, los lamentos de Rebeca.
Anania visitaba todas las casas de la vecindad, y especialmente los domingos se entretenía en un sitio y otro, llevando á las míseras y negras casuchas la elegancia de su traje azul, de su corbata encarnada, y del cuello alto, bajo el cual ocultábase el cordoncito y el amuleto de Olí.
Al día siguiente del sueño idílico, soñado á la luz de la luna sobre el antepecho de la ventana, apenas regresó Zuanne del Tribunal, Anania se lo llevó á la calle para convidarle á tomar una copa de anís en la taberna del barrio.
—¡Quién sabe cuándo volveremos á vemos!—dijo el pastor.—¿Cuándo vendrás por casa? Vente por la fiesta de los Mártires.