—No podré,—dijo Anania, dándose importancia.—Tengo que estudiar mucho. Este año debo terminar mis estudios en el Gimnasio.
—¿Y después dónde irás? ¿Al continente?
—Sí,—dijo con viveza.—Iré á Roma.
—Hay muchos conventos en Roma y más de cien iglesias, ¿verdad?
—¡Oh, ya lo creo! ¿Quién te lo ha dicho?
—Ayer noche tu padre me contaba que cuando era soldado...
—¿Y tú, irás á servir al rey?—interrumpió Anania, que apenas se fijaba en Zuanne.
—Irá mi hermano. Yo...
Y no dijo nada más. Entraron en la taberna, desierta, apestando á tabaco y aguardiente. Las moscas de siempre zumbaban al rededor de una chiquilla morena, guapa, pero desgreñada y sucia, que estaba sentada en un banco.
—Buenos días, Ágata. ¿Cómo has pasado la noche?