—¿Qué quieres?—preguntó levantándose y dirigiéndose á Anania con vulgar familiaridad.

—¿Qué quieres?—preguntó éste á Zuanne.

—Lo que tú quieras,—contestó cohibido el pastorcito.

La muchacha se puso á imitar la voz y los modales de Zuanne.

—Lo que tú quieras... ¿Y tú qué quieres, corderito mío?

Miró descaradamente á Anania, y éste también la miró. Después de todo, no era un santo; pero advirtió que Zuanne se ruborizaba y bajaba la vista, y cuando salieron oyó que le preguntaba tímidamente:

—¿Ésta es también novia tuya?

—¿Por qué lo dices?—contestó medio enfadado, medio alegre.—¿Porque me miraba? ¿Y para qué sirven los ojos? ¿Es que tú vas á hacerte fraile?

—Sí,—dijo sencillamente.

—¿Tú vas á hacerte fraile?—exclamó Anania riendo.—Vamos á ver el camposanto; así nos alegraremos.