—¡Allí debemos ir á parar todos!—dijo gravemente Zuanne.
Al regresar á casa, encontraron un condiscípulo de Anania, un muchacho feo, que se había hecho crecer los bigotes y la barba á fuerza de afeitarse.
—Atonzu,—le gritó al verle,—iba á buscarte. El director te llama. Es preciso que hagas de mujer.
—¿Yo? ¿De mujer yo? ¡Estás fresco!—contestó Anania con mucha calma.
—¿Qué haremos entonces? ¡Tienes el tipo á propósito! ¿Verdad que parece una mujer? ¿Verdad?—exclamó el estudiante feo, dirigiéndose bruscamente á Zuanne.
—Sí, de veras es guapo...—dijo tímidamente éste, que no comprendía de qué hablaban.
—¡Un millón de gracias!—contestó Anania inclinándose y quitándose el sombrero.
—¡Ea, no te hagas el modesto! ¡Eres guapo!—repitió el estudiante feo.—Vámonos á ver al director.
—Más tarde iré, pero no haré de mujer; ¡palabra de honor!
Cuando Zuanne se hubo marchado, fué á ver al director, pero no quiso aceptar el papel de primera actriz en una comedia que iban á representar en una función á beneficio de los estudiantes pobres.