—¡Yo también soy pobre! ¡Haced la comedia á beneficio mío!—dijo á sus compañeros.
—¿Pobre tú? ¡No oís lo que dice! Vete al cuerno, tú eres más rico que todos nosotros,—exclamó un estudiante, dándole un golpe en la espalda.
—¿Qué quieres decir?—preguntó Anania, amenazador, poniéndose sombrío al solo pensamiento de que pudieran hacer referencia á la protección del señor Carboni.
—Eres guapo, eres el primero de la clase,—dijo el otro prudentemente.—Llegarás á ser juez, y todas las muchachas te querrán comer como si fueras un confite...
Esta expresión, que Nanna repetía siempre, hizo reir á los demás y calmó á Anania; pero mantuvo su palabra y no tomó parte en la comedia. Y no se arrepintió de ello, porque la noche de la función pudo presenciarla sentado en segunda fila, precisamente detrás de su padrino (entonces Alcalde de Nuoro) á cuyo lado Margarita, con un traje encarnado y un sombrero blanco, resplandecía como una llama.
El capitán de Carabineros, el secretario de la Subprefectura, el asesor y el director del Gimnasio, estaban sentados en primera fila al lado del Alcalde y su espléndida hija; pero ésta no parecía muy satisfecha de la compañía, porque de vez en cuando volvía la cabeza mirando con dignidad á los estudiantes y oficiales.
En el fondo de la sala, adornada con guirnaldas de hiedra y viburno, antes iglesia del convento y hoy convertida en teatro en donde se celebraban todas las grandes ceremonias nuorenses, ondulaba el telón de percal, remendado á trechos, dejando ver parejas de estudiantes que bailaban alegremente. Por fin se alzó el telón con gran trabajo y empezó la comedia.
La escena se remontaba nada menos que á las Cruzadas y desarrollábase en un vetusto castillo rodeado de torres por el invisible exterior; en cuanto al interior, estaba amueblado con una sola mesa redonda y media docena de sillas de Viena.
La fiel Hermenegilda, un estudiante que se había pintado la cara con papel encarnado[26], metido en un vestido inmenso de la señora Carboni, las piernas cruzadas indecentemente, bordaba una banda para el no menos fiel Godofredo que luchaba en tierras lejanas.
—Se va á pinchar los dedos,—murmuró Anania, inclinándose hacia Margarita.