Ésta se inclinó á su vez, poniéndose el pañuelo en la boca para sofocar la risa.
El capitán de carabineros, que estaba sentado á su lado, volvió lentamente la cabeza, y dirigió una mirada terrible al estudiante. Pero Anania sentíase muy dichoso, y tenía locos deseos de reir y de comunicar á Margarita toda la felicidad que su presencia le producía.
En el segundo acto, el conde Manfredo, padre de Hermenegilda, quería que la muchacha olvidara á Godofredo y se casase con el rico barón de Castelfiorito.
—«¡Padre mío!—decía la doncella, abriendo las piernas de un modo lamentable.—¿Á qué me quieres obligar? Mientras el valiente Godofredo languidece, tal vez, en una horrenda prisión, atormentado por el hambre, la sed y...».
—...Los insectos garibaldinos...[27]—dijo Anania inclinándose nuevamente hacia Margarita.
El señor capitán, que ya no podía más, porque aquella era la sexta observación insolente del estudiante, se volvió del todo y le dijo con desprecio:
—¡Á ver si se calla!
Anania se estremeció, se echó atrás, con una sensación parecida á la que debe experimentar el caracol cuando al sentirse tocado se retira dentro su concha; y durante unos momentos no vió ni oyó nada. «¡Á ver si se calla!». Sí, él no podía bromear, no podía hablar; sí, lo había comprendido perfectamente; ni siquiera podía alzar los ojos: era pobre, hijo del pecado... «¡Á ver si se calla!». ¿Qué hacía allí, entre todos aquellos señores, entre todos aquellos muchachos ricos y honrados? ¿Cómo le habían permitido la entrada? ¿Cómo se había atrevido á inclinarse al oído de Margarita Carboni y cuchichearle frases vulgares? Porque ahora comprendía toda la vulgaridad de las observaciones hechas. Pero no podía hablar de otro modo el hijo de un almazarero y de una mujer... «¡Á ver si se calla!».
Poco á poco fué tomando ánimo. Contempló con odio la roja nuca y la cabeza calva del capitán, las puntas engomadas de sus bigotazos que le sobresalían por detrás de las deformes orejas, y sintió un deseo horrible de darle tantos puñetazos como pelos le quedaban en su odiosa cabeza.
No oyéndole reir ni hablar, Margarita volvió un poquitín la cabeza y le miró. Él seguía con la vista los movimientos de ella. Sus miradas se encontraron, y ella se disgustó al verle triste, y él, advirtiéndolo, le sonrió. Inmediatamente se pusieron alegres los dos. Ella volvió la vista al escenario, pero sentía que los ojos grandes y medio cerrados de Anania, no cesaban de mirarla y sonreirle. Una ligera embriaguez les envolvía.