Después de la comedia que, como es natural, terminó con las bodas de Godofredo y Hermenegilda, se representó un sainetón que hizo reir de buena fe al señor Carboni. También á Margarita y Anania les divirtió, pero no se rieron. Margarita casi se llegó á enfadar viendo á su padre reirse como un chiquillo, porque había leído que los grandes personajes, cuando van al teatro, no miran al escenario y mucho menos se ríen; y hubiese querido que su padre volviera las espaldas al escenario, como hacía muy á menudo el secretario de la Subprefectura.
Era cerca de media noche cuando Anania acompañó á los Carboni hasta su casa. El asesor, un médico viejo y charlatán, iba al lado del Alcalde, contándole que un doctor norteamericano había descubierto que los microbios son necesarios al organismo humano. Anania y Margarita iban delante, riendo y tropezando con las piedras de la calle, oscura y en malísimo estado. Grupos de personas pasaban, riendo y charlando.
La noche era oscura, pero templada y suave. Á intervalos, cual nota lejana, llegaba, desaparecía y retornaba, un soplo de levante, una onda de perfume silvestre del bosque lleno de humedad. Estrellas y planetas, infinitos como las lágrimas humanas, brillaban en el cielo sin límites; sobre el Orthobene, Júpiter resplandecía.
¿Quién no conserva entre los recuerdos de su primera juventud, alguna de estas noches? Estrellas centelleando en la oscuridad de una noche más luminosa que un crepúsculo, estrellas que no se miran pero que se sienten, prontas á caer sobre nuestra frente. La Osa brillante, cual carro de oro que nos espera para llevarnos á un lejano país de ensueño; una calle oscura, la Felicidad muy cerca, tan cerca que podemos estrecharla en nuestros brazos y no abandonarla nunca jamás.
Dos ó tres veces Anania sintió la mano de Margarita rozar la suya; pero el solo pensamiento de cogerla y estrecharla, le pareció un delito. Sentía como una especie de desdoblamiento moral. Hablaba, y le parecía callar y pensar en cosas bien lejanas de las que decía. Andaba y tropezaba, y le parecía que sus pies apenas tocasen el suelo. Reía, y se sentía triste y pronto á llorar. Veía á Margarita á su lado, tan cerca que le podía estrechar la mano, y la creía lejana, inaccesible como el soplo del viento que llegaba y pasaba.
Ella reía y bromeaba con él. Anania había visto su desdeñosa tristeza reflejada en los ojos de Margarita, pues le parecía que sólo podía considerarle como á un perro fiel. «Si ella,—pensaba,—pudiese imaginarse que me mata el deseo de cogerle una mano, gritaría horrorizada como si sintiera la mordedura de un perro rabioso».
¿Qué se dijeron aquella noche estrellada, andando por la calle oscura, hacia el viento perfumado? No lo recordó nunca; pero durante largo tiempo tuvo presente la conversación entre el señor Carboni y el asesor que hablaban de cosas indiferentes.
De pronto la voz nasal y aguda del médico calló. Margarita y Anania se pararon, saludaron y volvieron á emprender la marcha, pero el estudiante pareció despertar de un sueño. Volvió á sentirse solo, triste, tímido, vacilante en la soledad de la calle oscura.
—¡Muy bien, muy bien!—dijo el Alcalde, que se había colocado entre los dos jóvenes.—¿Te ha gustado la comedia?
—Es una estupidez,—sentenció Anania sin titubear.