—¡Braaavo!—exclamó maravillado el padrino.—¡Eres un crítico terrible!
—¡Son comedias que ya no deben ponerse! Pero como el director es un fósil, no podía escoger otra cosa. ¡La vida, la vida no es aquello, ni lo ha sido nunca! Y el teatro debe ser la vida; si no, resulta ridículo. Si quería poner una cosa de la Edad Media, podía encontrar algo menos estúpido, algo verdadero, humano, conmovedor. Leonor D'Arborea que muere asistiendo á los apestados después de haber...
—Me parece, sin embargo,—observó bonachonamente el señor Carboni, maravillado con la elocuencia de Anania,—y dispensa si te interrumpo... me parece que nuestro teatro no se prestaría mucho á una escena tan grandiosa.
—Podían haber puesto una comedia moderna, interesante. ¡Aquellas estúpidas condesas ya han pasado de moda!—dijo Margarita tomando el tono y acento de Anania.
—¡Bravo! ¡También tú! Sí, tenéis razón; debían haber puesto algo más interesante y conmovedor; por ejemplo: la comedia de aquellos americanos que cuando la mujer está de parto se meten en la cama, como si también ellos fueran parturientes... ¿No habéis oído al asesor cuando lo contaba?
Margarita se echó á reir. Anania también se rió, pero su risa se apagó de pronto, como truncada por un pensamiento triste. Siguieron andando en silencio.
—¡La verdad es que será preciso ocuparnos de los faroles! ¡Así no se puede andar!—dijo el señor Carboni hablando bajo, como consigo mismo. Después añadió en alta voz:—¿Qué has dicho que era el director?
—Un fósil.
—¡Bravo! ¡Y si voy y se lo digo!
—¡No me importa! De todos modos, el año que viene pienso marcharme.