83. El soneto de Gandalín á Sancho Panza, quiere decir que ningún escudero hubo como Sancho Panza. Y las décimas del poeta entreverado y el diálogo entre Babieca y Rocinante, que no hubo caballo tan célebre como Rocinante, pues[116] "aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid, con él se igualaban".

84. En lo que toca, pues, al cargo que el aragonés hizo á Cervantes de que no tenía de quién valerse para autorizar con varios sonetos la entrada de su libro, no tenía Cervantes satisfacción alguna que añadir; pues de lo mismo que el otro echaba de menos, había hecho ya tanta burla, no sólo en el prólogo de Don Quijote, sino también en el de sus novelas; pues hablando de aquel abuso, y del amigo en cuya cabeza introdujo los discretísimos consejos, que el mismo Cervantes tan diestra y felizmente practicó; después de haberse pintado en lo exterior é interior, según el cuerpo, digo, y el ánimo, añadió: "Y cuando á la (memoria) de este amigo de quien me quejo, no ocurrieran otras cosas de las dichas, que decir de mí, yo me levantara á mí mismo dos docenas de testimonios y se los dijera en secreto, con que extendiera mi nombre y acreditara mi ingenio; porque pensar que dicen puntualmente la verdad los tales elogios, es disparate, por no tener punto preciso ni determinado las alabanzas ni los vituperios. En fin, pues ya esta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas." Después prosigue diciendo lo que sentía de sus propias novelas, sin hablar, como dicen, por boca de ganso.

85. Á lo que dijo el maldiciente de que Cervantes había escrito su primera parte de Don Quijote entre los hierros de una cárcel, y que por eso había cometido tantos. Sobre su encarcelamiento no quiso responder. Quizá por no ofender á los ministros de justicia; porque, ciertamente, su prisión no sería ignominiosa; pues el mismo Cervantes, voluntariamente, la refirió en el principio del prólogo de su primer tomo. En lo que toca á sus descuidos, yo no niego que Cervantes haya tenido algunos, los cuales tengo observados; pero como el aragonés no los especificó, no era razón que satisfaciéndole Cervantes, le atribuyese la gloria de una justa ó razonable censura. Y así la confesión de los propios descuidos ó defensa de los que los críticos de aquel tiempo censuraron como tales, se reserva para la debida ocasión; y la censura de otros, que se pudieran hacer reparables, se omite por la reverencia que se debe á la buena memoria de tan gran varón.

86. En lo que Miguel de Cervantes cargó más la mano á su injuriador, fué en la reprensión de su atrevimiento; pues lo fué, y muy grande, continuar una obra de pura invención, siendo ajena y viviendo el autor. Por eso dice al lector: "Si por ventura llegares á conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado, que bien sé lo que son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle á un hombre en el entendimiento que puede componer é imprimir un libro, con que gane tanta fama como dineros, y tantos dineros cuanta fama. Y para confirmación de esto, quiero que con tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento." Prosigue Cervantes contando el cuento, y después otro, con tan satírica gracia que no cabe más.

87. Pareciéndole á Cervantes que el atrevimiento del aragonés pedía mayor castigo, para hacerle más ridículo, en varias partes del cuerpo de su obra entremezcló algunas censuras de aquella perversa continuación, las cuales es razón que aquí se lean juntas, para que otros no caigan en tentación semejante.

88. En el capítulo LIX del segundo tomo, suponiendo que unos pasajeros estaban leyendo en un mesón la continuación del aragonés, introduce á un tal don Juan, diciendo así: "Por vida de vuesa merced, señor don Jerónimo, que en tanto nos traen la cena, leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha." Apenas oyó su nombre Don Quijote (el cual estaba en el aposento inmediato, dividido del otro con un sutil tabique), cuando se puso en pie, y con oído alerta escuchó lo que de él trataban, y oyó, que el tal don Jerónimo referido respondió: "¿Para qué quiere vuesa merced, señor don Juan, que leamos estos disparates, si el que hubiere leído la primera parte de la historia de Don Quijote de la Mancha no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda?" "Con todo eso—dijo el don Juan—será bien leerla, pues no hay libro tan malo que no tenga alguna cosa buena. Lo que á mí en éste más me desplace es que pinta á Don Quijote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso." Oyendo lo cual, Don Quijote, lleno de ira y de sospecho, alzó la voz y dijo: "Quienquiera que dijere que Don Quijote de la Mancha ha olvidado ni puede olvidar á Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso, ni puede ser olvidada, ni en Don Quijote puede caber olvido. Su blasón es la firmeza y su profesión el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna." "¿Quién es el que nos responde?", respondieron del otro aposento. "¿Quién ha de ser—respondió Sancho—sino el mismo Don Quijote de la Mancha, que hará bueno cuanto ha dicho y aun cuanto dijere?, que al buen pagador no le duelen prendas." Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos, echando los brazos al cuello de Don Quijote, le dijo: "Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no acreditar vuestra presencia. Sin duda, vos, señor, sois el verdadero Don Quijote de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, á despecho y pesar del que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha hecho el autor de este libro que aquí os entrego." Y poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó Don Quijote, y sin responder palabra comenzó á hojearle, y de allí á un poco se le volvió, diciendo: "En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprensión. La primera, es algunas palabras que he leído en el prólogo; las otras, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice[117] que la mujer de Sancho Panza, mi escudero, se llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza. Y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerre en todas las demás de la historia." Á esto dijo Sancho: "Donosa cosa de historiador por cierto; bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama á Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez; torne á tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí, y si me ha mudado el nombre." "Por lo que os he oído hablar, amigo—dijo don Jerónimo—, sin duda debéis de ser Sancho Panza, el escudero del señor Don Quijote." "Sí soy—respondió Sancho—, y me precio de ello." "Pues á fe—dijo el caballero—que no os trata este autor moderno con la limpieza que en vuestra persona se muestra; píntaos comedor y simple, y no nada gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de vuestro amo se describe." "Dios se lo perdone—dijo Sancho—; dejárame en mi rincón sin acordarse de mí, porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma." Los dos caballeros pidieron á Don Quijote se pasase á su estancia á cenar con ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas pertenecientes para su persona. Don Quijote, que siempre fué comedido[118], condescendió con su demanda, y cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla, con mero mixto imperio. Sentóse en cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus manos y de sus uñas aficionado. En el discurso de la cena preguntó don Juan á Don Quijote qué nuevas tenía de la señora Dulcinea del Toboso; si se había casado, si estaba parida ó preñada, ó si estando en su entereza se acordaba, guardando su honestidad y buen decoro, de los amorosos pensamientos del señor Don Quijote. Á lo que él respondió: "Dulcinea se está entera, y mis pensamientos más firmes que nunca; las correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez labradora transformada"; y luego les fué contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio Merlín le había dado para desencantarla, que fué la de los azotes de Sancho. Sumo fué el contento que los dos caballeros recibieron de oir contar á Don Quijote los extraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus disparates, como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué grado le darían entre la discreción y la locura. Acabó de cenar Sancho, y dejando hecho equis al ventero, se pasó á la estancia de su amo, y en entrando, dijo: "Que me maten, señores, si el autor de este libro que vuesas mercedes tienen quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría, que ya que me llama comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho." "Sí llama—dijo don Jerónimo—; pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que son malsonantes las razones, y además mentirosas, según yo echo de ver en la fisonomía del buen Sancho que está presente." "Créanme vuesas mercedes—dijo Sancho—que el Sancho y el Don Quijote de esa historia deben de ser otros que los que andan en aquélla que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple, gracioso y no comedor ni borracho." "Yo así lo creo—dijo don Juan—, y si fuera posible, se había de mandar que ninguno fuera osado á tratar de las cosas del gran Don Quijote si no fuese Cide Hamete su primer autor[119]. Bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado á retratarle sino Apeles." "Retráteme el que quisiere—dijo Don Quijote—, pero no me maltrate; que muchas veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias"[120]. "Ninguna—dijo don Juan—se le puede hacer al señor Don Quijote, de quien él no se puede vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que á mi parecer, es fuerte y grande." En éstas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y aunque don Juan quisiera que Don Quijote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído, y lo confirmaba por todo necio, y que no quería, si acaso llegase á noticia de su autor, que le había tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído, pues de las cosas obscenas y torpes[121], los pensamientos se han de apartar, cuanto más los ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que á Zaragoza, á hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba[122] cómo Don Quijote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija, falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de simplicidades. "Por el mismo caso—respondió Don Quijote—no pondré los pies en Zaragoza, y así sacaré á la plaza del mundo la mentira de ese historiador moderno, y echarán de ver las gentes cómo yo no soy el Don Quijote que él dice." "Hará muy bien—dijo don Jerónimo—, y otras justas hay en Barcelona, donde podrá el señor Don Quijote mostrar su valor." "Así lo pienso hacer—dijo Don Quijote—, y vuesas mercedes me den licencia, pues ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores amigos y servidores." "Y á mí también—dijo Sancho—, quizá seré bueno para algo." Con esto se despidieron, y Don Quijote y Sancho se retiraron á su aposento, dejando á don Juan y á don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho de su discreción y de su locura, y verdaderamente creyeron que éstos eran los verdaderos Don Quijote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés." ¡Admirable crítica! Uno de los preceptos de la fábula es, ó seguir la fama ó fingir las cosas de manera que convengan entre sí. Cervantes había figurado á Don Quijote como caballero andante, valiente, discreto y enamorado; y esa fama tenía cuando el llamado Fernández de Avellaneda se puso á continuar su historia; y en ella le pinta cobarde, necio y desenamorado. La dama de Don Quijote, como decía la duquesa[123], era "una dama fantástica (dama, en fin, de loco) que Don Quijote engendró y parió en su entendimiento, y la pintó con todas aquellas gracias y perfecciones que quiso...: hermosa sin tacha, grave sin soberbia, amorosa con honestidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada; y finalmente, alta por linaje". Fernández de Avellaneda la pintó muy al contrario. Cervantes ideó á Sancho Panza simple, gracioso y no comedor ni borracho. Fernández de Avellaneda, simple sí, pero no nada gracioso, comedor y borracho. Y así, ni siguió la fama, ni fingió con uniformidad. Con razón, pues, hablando Altisidora de una visión que tuvo (que las mujeres son las que ordinariamente fingen las visiones), dijo[124] que vió unos diablos que jugaban á la pelota con unas palas de fuego, sirviéndoles de pelotas libros, al parecer, llenos de viento y de borra; de suerte que al primer boleo no quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez, y así menudeaban libros nuevos y viejos, que era una maravilla. "Á uno de ellos, nuevo, flamante y bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le esparcieron las hojas. Dijo un diablo á otro: "¿Mirad qué libro es ese?" Y el diablo le respondió: "Esta es la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas." "Quitádmele de ahí—respondió el otro diablo—y metedle en los abismos del infierno, no le vean más mis ojos." "¿Tan malo es?", respondió el otro. "Tan malo—replicó el primero—, que si de propósito yo mismo me pusiera á hacerle peor, no acertara." Y poco después añade Don Quijote: "Esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna, porque todos la dan del pie." De cuyas palabras se colige que luego que salió á luz empezó á despreciarse. Y como Cervantes finge que los diablos jugaban á la pelota con unas palas de fuego, de ahí debieron tomar algunos ocasión de adelantarse á decir[125] que los amigos de Cervantes quemaban los libros del mal continuador, lo cual se dice voluntariamente, porque no tenía Cervantes amigos que tan á costa suya quisiesen favorecerle.

89. Como quiera que sea, oigamos lo que sobre el mismo libro dicen Sancho y Don Quijote[126]: "Yo apostaré—dijo Sancho—que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón, ó tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero quería yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado á éstas." "Tienes razón, Sancho—dijo Don Quijote—, porque este pintor es como Orbaneja, un pintor que estaba en Úbeda, que cuando le preguntaban qué pintaba, respondía: "Lo que saliere." Y si por ventura pintaba un gallo, escribía debajo: Éste es gallo", por que no pensasen que era zorra. De esta manera me parece á mí, Sancho, que debe ser el pintor ó escritor, que todo es uno, que sacó á luz la historia de este nuevo Don Quijote que ha salido, que pintó ó escribió lo que saliere, ó habrá sido como un poeta que andaba los años pasados en la Corte, llamado Monleón, el cual respondía de repente á cuanto le preguntaban. Y preguntándole uno qué quería decir Deum de Deo, respondió: "Dé donde diere."

90. El mismo Don Quijote, hablando en otra ocasión con don Álvaro Tarfe (que en la historia del aragonés hace mucho papel), tuvo este coloquio[127]: "Dígame vuesa merced, señor don Álvaro: ¿parezco yo en algo á ese tal Don Quijote que vuesa merced dice?" "No, por cierto—respondió el huésped—; en ninguna manera." "¿Y ese Don Quijote—dijo el maestro—traía consigo á un escudero llamado Sancho Panza?" "Sí traía—respondió don Álvaro—, y aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le oí decir gracia que la tuviese." "Eso creo yo muy bien—dijo á esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuesa merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas, y si no, haga vuesa merced la experiencia y ándese tras de mí, por lo menos, un año, y verá que se me caen á cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las más veces lo que me digo, hago reir á cuantos me escuchan; y el verdadero Don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el mantenedor de las doncellas, el que tiene por única señora á la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo. Todo cualquier otro Don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño." "Por Dios, que lo creo—respondió don Álvaro—; porque más gracias habéis dicho vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas; más tenía de comilón que de bienhablado, y más de tonto que de gracioso. Y tengo por sin duda que los encantadores que persiguen á Don Quijote el bueno han querido perseguirme á mí con Don Quijote el malo; pero no sé qué me diga, que osaré yo jurar, que le dejo metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen[128], y ahora remanece aquí otro Don Quijote, aunque bien diferente del mío." "Yo—dijo Don Quijote—no sé si soy bueno; pero sé decir que no soy el malo, para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe, que en todos los días de mi vida he estado en Zaragoza; antes, por haberme dicho que Don Quijote fantástico se había hallado en las justas de esa ciudad, no quise yo entrar en ella, por sacar á las barbas del mundo su mentira. Y así me pasé de claro á Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza única. Y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto. Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy Don Quijote de la Mancha, el mismo que dice la fama, y no ese desventurado, que ha querido usurpar mi nombre y honrarse con mis pensamientos. Á vuesa merced suplico, por lo que debe á ser caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde de este lugar de que vuesa merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta ahora y de que yo no soy el Don Quijote impreso en la segunda parte[129], ni este Sancho Panza, mi escudero, es aquél que vuesa merced conoció." "Eso haré yo de muy buena gana—respondió don Álvaro—, puesto que causa admiración ver dos Don Quijotes y dos Sanchos á un mismo tiempo, tan conformes en los nombres como diferentes en las acciones. Y vuelvo á decir, y me afirmo, que no he visto lo que he visto ni ha pasado por mí lo que ha pasado..." Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual alcalde pidió Don Quijote por una petición, de que á su derecho convenía, de que don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada Segunda parte de Don Quijote de la Mancha, compuesta por un tal de "Avellaneda", natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente. La declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con lo que quedaron Don Quijote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los dos Don Quijotes y la de los dos Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas cortesías y ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y Don Quijote, en las cuales mostró el gran manchego su discreción, de modo que desengañó á don Álvaro Tarfe del error en que estaba, el cual se dió á entender que debía de estar encantado, pues tocaba con la mano dos tan contrarios Don Quijotes.

91. Últimamente, el mismo Don Quijote de la Mancha, ó, por mejor decir, Alonso Quijano el bueno, restituído ya á su entero juicio, en una de las cláusulas de su testamento ordenó lo siguiente[130]: "Iten suplico á los dichos señores mis albaceas (el señor cura Pero Pérez y el señor bachiller Sansón Carrasco estaban presentes), que si la buena suerte los trajere á conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de Don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que, sin yo pensarlo, le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto de esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos."

92. Mucha razón, pues, tuvo Miguel de Cervantes Saavedra para juzgar y decir que la gloria de continuar con felicidad la historia de Don Quijote de la Mancha sólo quedaba reservada á su pluma. Y para que esto no sonase á jactancia, puso este discreto razonamiento en boca de Cide Hamete Benengeli, hablando éste con su propia pluma. Dice, pues, Cervantes[131]: "Y el prudentísimo Cide Hamete dijo á su pluma: "Aquí quedarás, colgada de esta espetera y de este hilo de alambre, ni sé si bien cortada ó mal tajada, péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que á ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres[132]: "Tate, tate, folloncicos; de ninguno sea tocada; porque esta empresa, buen rey, para mí estaba guardada." Para mí sola nació Don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno, á despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco, que se atrevió ó se ha de atrever á escribir con pluma de avestruz, grosera y mal deliñada, las hazañas de mi valeroso caballero; porque no es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio. Á quien advertirás (si acaso llegas[133] á conocerle) que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de Don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, á Castilla la Vieja[134], haciéndole salir de la huesa, donde real y verdaderamente yace tendido de largo á largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo[135], tan á gusto y beneplácito de las gentes, á cuya noticia llegaron, así en éstos como en los extraños reinos; y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien á quien mal te quiere, y yo[136] quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente como deseaba; pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero Don Quijote van ya tropezando y han de caer del todo sin duda alguna. Vale." En efecto, luego que salió el primer tomo de la historia de Don Quijote, este caballero andante empezó á arrinconar á todos los demás, y después que salió el segundo tomo, en el año 1615, fué tan grande y tan universal el aplauso que mereció esta obra, que muy pocas han logrado en el mundo tanta, tan general y tan constante aprobación. Porque hay libros que sólo se estiman porque su estilo es texto para las lenguas muertas; otros, á quienes hicieron célebres las circunstancias del tiempo, y pasadas aquéllas, cesó su aplauso; otros, que siempre se aprecian por la grandeza del asunto. Y los de Cervantes, teniéndole ridículo, siendo ahora menos extendido el dominio español, y estando escritos en lengua viva reducida á ciertos límites, viven y triunfan á pesar del olvido, y son hoy en el mundo tan necesarios como cuando salieron á luz la primera vez, porque después que Francia con la feliz protección de Luis XIV llegó á la cumbre del saber, empezó á decaer, y faltando letrados semejantes á Sirmondo, Bossuet, Huet y á otros varones como ellos, de inmortal memoria, comenzó á prevalecer el espíritu novelero, y ha cundido de manera la afición á las fábulas, que sus diarios literatos[137] están llenos de ellas, y de Francia apenas nos vienen otros libros. El daño que causaron en otro tiempo semejantes fábulas fué tan grande, que se puede llamar universal. Por eso aquel juiciosísimo censor de la república literaria, Juan Luis Vives, quejándose gravísimamente de las corrompidas costumbres de su siglo, decía[138]: "¿Qué manera de vivir es ésta, que no se tenga por canción la que no sea torpe? Conviene, pues, que las leyes y los magistrados den providencia contra esto, y también contra los libros pestilenciales, cuales son en España: Amadís, Esplandián, Florisando, Tirante, Tristán, á cuyos despropósitos no se pone término, cada día salen de nuevo más y más: como Celestina, alcahuete, madre de maldades, cárcel de amores. En Francia: Lanzarote del Lago, París y Viena, Puntho y Sidonia, Pedro Provenzal y Magalona, Melisendra, dueña inexorable. Aquí en Flandes (escribía Vives en Brujas, año 1523): Florián y Blanca Flor, Leonela y Canamor, Curias y Floreta, Píramo y Tisbe. Hay algunos libros traducidos de latín en lenguas vulgares, como las desgraciadísimas Gracias de Pogio, Eurialo y Lucrecia[139], las cien novelas de Bocaccio. Todos los cuales libros escribieron unos hombres ociosos, mal empleados, imperitos, entregados á los vicios y á la porquería. En los cuales me maravillo que haya cosa que deleite. Pero las cosas malas nos halagan mucho. Medicina, pues, muy eficaz fué la que aplicó el ingeniosísimo Cervantes, pues purgó los ánimos de toda Europa de tan envejecida afición á semejantes libros tan pegajosos. Vuelva, pues, á salir Don Quijote de la Mancha, y desengañe un loco á muchos locos voluntarios; divierta un discreto, como Cervantes, á tantos ociosos y melancólicos, con la entretenida y apacible lectura de sus artificiosos y graciosísimos libros. Sobre los cuales suele haber duda cuál de los dos tomos es el mejor: ¿el que contiene la primera y segunda salida de Don Quijote, ó la tercera?