93. Yo quiero que la decisión de esta cuestión tan crítica no sea mía, sino del mismo Cervantes, el cual, habiendo oído el juicio que algunos anticipadamente habían hecho, introdujo este coloquio entre Don Quijote de la Mancha, el bachiller Sansón Carrasco y Sancho Panza[140]: "¿Por ventura—dijo Don Quijote—promete el autor (esto es, Cide Hamete Benengeli) segunda parte?" "Sí promete—respondió Sansón—, pero dice[141] que no ha hallado, ni sabe quién la tiene; y así estamos en duda si saldrá ó no. Y así por esto, como porque algunos dicen: nunca segundas partes fueron buenas; y otros: de las cosas de Don Quijote bastan las escritas, se duda que no ha de haber segunda parte. Aunque algunos, que son más joviales que Saturninos, dicen: Vengan más quijotadas. Embista Don Quijote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere; que con eso nos contentamos." "¿Y á qué se atiene el autor?", dijo Don Quijote. "¿Á qué?—respondió Sansón—. En hallando que halle la historia que va buscando con extraordinarias diligencias, la dará luego á la estampa, llevado más del interés que de darla se le sigue, que de otra alabanza alguna." Á lo que dijo Sancho: "¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de Pascuas: y las obras que se hacen aprisa, nunca se acaban con la perfección que requieren. Atienda ese señor moro, ó lo que es, á mirar lo que hace, que yo y mi señor le daremos tanto ripio á la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer, no sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos el pie al errar, y verá del que cojeamos. Lo que yo sé decir, es, que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es uso y costumbre de los buenos andantes caballeros." En cuyo coloquio quiso Cervantes darnos á entender que tenía ingenio para la invención, no sólo de uno, sino de cien Quijotes. La del segundo tomo no es menos agradable que la del primero, y la enseñanza es mucho mayor. Fuera de esto, en la narración principal no entremetió novela alguna totalmente separada del asunto, lo cual es muy contra el arte de fabular, sino que diestramente ingirió muchos episodios muy bien enlazados con el principal asunto, cosa que pide gran ingenio y singular habilidad. Oigamos otra vez al mismo Cervantes[142]. "Dicen que en el propio original de esta historia se lee, que llegando Cide Hamete á escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito, que fué un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre manos una historia tan seca y tan limitada como ésta de Don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar extenderse á otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir siempre atenido al entendimiento, la mano y la pluma, á escribir de un solo sujeto, y hablar por las bocas de pocas personas, era un trabajo incomportable, cuyo fruto no redundaba en el de su autor; y que por huir de este inconveniente había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al mismo Don Quijote, que no podían dejar de escribirse. También pensó—como él dice—que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de Don Quijote, no la darían á las novelas, y pasarían por ellas, ó con priesa ó con enfado, sin advertir la gala y artificio que en sí contienen; el cual se mostrara bien al descubierto, cuando por sí solos, sin arrimarse á las locuras de Don Quijote, ni á las sandeces de Sancho, salieran á luz. Y así en esta segunda parte no quiso ingerir novelas sueltas, ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen[143], nacidos de los mismos sucesos que la verdad ofrece, y aun éstos limitadamente y con solas las palabras que bastan á declararlos. Y pues se contiene y cierra en los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de escribir." Los que dicen, pues, que Cervantes en su segunda parte no se igualó á sí mismo, sepan que su opinión nace, ó de la tradición de los que enamorados de la primera pensaron que no podía tener segunda, ó de su poca inteligencia, pues echan menos en ésta lo que el mismo Cervantes confesó, que en la otra habían sido defectos del arte ó licencias del artífice, para desahogo de su imaginación y divertimiento de la del lector.

94. En medio de tantas y tan justas alabanzas, así de la admirable invención de Cervantes, como de su prudente disposición y singular elocuencia, como el que escribe es uno, y los que leen muchos, y la atención del autor, ocupada en inventar, tal vez se deja transportar de la viveza de su imaginación, y siendo ésta demasiadamente fecunda, la misma multitud de circunstancias suele hacer que éstas no se conformen entre sí ó no convengan al tiempo ó al lugar en que se fingen, no es mucho que Miguel de Cervantes Saavedra tropezase algunas veces con la inverosimilitud y falsedad, en lo cual tiene Cervantes por compañeros á cuantos han escrito hasta hoy obras en que la invención haya sido dilatada, pues en todas ellas se hallan semejantes descuidos. Bien lo conoció el mismo Cervantes, pues habiéndole censurado algunas cosas de las que había escrito en su tomo primero, confesó sus descuidos en los "capítulos tercero, cuarto y cuarenta y tres de su tomo segundo", donde borró muchos de sus yerros con la misma ingenuidad de tenerlos por tales; y procuró dorar algunos de ellos con tan graciosas disculpas, que la misma defensa es un nuevo y glorioso género de confesión. Tan generoso, pues, era su genio, que si viviese hoy, y le propusieran nuevas censuras, como fuesen justas, ciertamente se daría por bien advertido.

95. Con la confianza, pues, que me da el ser yo uno de los más apasionados, me atreveré á decir que en algunos casos excedió los límites de la verosimilitud, y tal vez tocó en los de una manifiesta falsedad. Porque en la célebre pendencia que tuvo con el vizcaíno don Sancho de Aspeitia, en suposición de que Don Quijote le arremetió con determinación de quitarle la vida, es inverosímil que el vizcaíno, que tendría ocupada la mano siniestra con las riendas de su mula, no sólo tuviese tiempo para sacar la espada con la derecha, sino también para tomar una almohada del coche, que le sirvió de escudo, pues los que iban en el coche, naturalmente, estarían sentados sobre ella, y cuando así no fuese, siempre tiene su dificultad que pudiese el vizcaíno tomarla tan aprisa, dando lugar á todo esto la furia de un loco.

96. También me parece inverosímil que Camila, que en la novela del Curioso impertinente se finge que hablaba á solas y consigo misma, hablase tanto y de manera que, Anselmo, que estaba escondido, pudiese oir un tan largo soliloquio. Pues si los cómicos de mayor arte introdujeron en sus comedias algunos soliloquios, fué para que los mirones se instruyesen en los pensamientos ocultos de las personas de la fábula, pero no para que las personas introducidas escuchasen tan prolijas arengas.

97. El razonamiento que hizo Sancho Panza á su amo Don Quijote, referido en el capítulo VIII del tomo II, ciertamente excede la capacidad de un hombre tan sencillo como Panza. No haré cargo á Cervantes de la poca verosimilitud con que escribió lo que sigue[144]: "Este Ginés de Pasamonte, á quien Don Quijote llamaba Ginesillo de Parapilla, fué el que hurtó á Sancho Panza el rucio, que por no haberse puesto el cómo ni el cuándo en la primera parte, por culpa de los impresores, ha dado en que entender á muchos, que atribuían á poca memoria del autor la falta de la imprenta. Pero en resolución, Ginés le hurtó, estando sobre él durmiendo Sancho Panza, usando de la traza y modo que usó Brunelo, cuando estando Sacripante sobre Albraca, le sacó el caballo de entre las piernas, y después le cobró Sancho, como se ha contado." Digo que no haré cargo á Cervantes de que esta invención tiene más de posible que de verosímil, porque se ve que Cervantes tiró en esto á reprender á los autores que suelen disculpar sus errores en los descuidos de los impresores, sin advertir que los de éstos sólo suelen reducirse á trocar letras ó palabras, y á omitir tal vez algunas cláusulas. Y en lo que toca á la salida del modo y tiempo en que Ginesillo de Pasamonte hurtó el rucio, parece, si no conozco mal el genio de Cervantes, que su fin sólo fué reirse de la invención del modo de hurtar el caballo de Sacripante.

98. Pero no sé yo cómo poder disculpar la ficción[145] de que en un lugar de Aragón de más de mil vecinos durase ocho ó diez días[146] la publicidad de tener un gobernador de burlas. Si esto es verosímil, los aragoneses lo digan. Lo que yo sé es que, no habiendo en Aragón caverna alguna que tenga de largo media legua, es contra toda verdad haber fingido que Sancho Panza anduvo por ella todo ese trecho, hasta parar en un lugar donde Don Quijote desde arriba oyó sus lamentos[147].

99. Tampoco sé cómo poder disculpar el que habiendo dicho Cervantes[148] que la fama había guardado en las memorias de la Mancha, que Don Quijote, la tercera vez que salió de su casa, fué á Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento; después, Cervantes, en su continuación dice que Don Quijote no pondría los pies en Zaragoza, por sacar mentiroso al historiador moderno, siendo así que, en hacerle ir á las justas de Zaragoza, hubiera seguido á la fama.

100. Menos disculpa tiene haber llamado Cervantes "Juana Gutiérrez" á la mujer de Sancho Panza[149], ó "Juana Panza", que es lo mismo, porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos[150], y reprender al continuador aragonés[151], porque no sin alguna razón[152] la llamó "Mari Gutiérrez", y llamarla después el mismo Cervantes, en todo su segundo tomo, "Teresa Panza", aunque yo creo que esto picó en historia verdadera[153].

101. Fuera de todo esto, cualquiera que se entretenga en formar un diario de las salidas de Don Quijote, hallará la cuenta de Cervantes muy errada y nada conforme á los sucesos referidos.