102. En una cosa debe ser tratado Cervantes con algún rigor, y es en los anacronismos ó retrocedimientos de tiempo, porque habiéndolos reprendido tan justamente en sus contemporáneos cómicos[154], también en él deben ser censurados. Señalaré algunos de estos defectos.
103. Pero para que se entienda mejor lo que voy á decir es menester suponer que ha sido costumbre de muchos que han publicado libros de caballerías, querer autorizarlos, diciendo que se habían hallado en alguna parte escritos con letras muy antiguas difíciles de leer. Así Garci-Ordóñez de Montalvo, regidor de Medina del Campo, después de haber dicho que había corregido "los tres libros de Amadís", que por falta de los malos escritores ó componedores se leían muy corruptos y viciosos, inmediatamente añadió que publicaba aquellos libros, "trasladando y enmendando el libro cuarto con las Sergas de Esplandián su hijo que hasta aquí no es en memoria de ninguno ser visto, que por gran dicha pareció en una tumba de piedra que debajo de la tierra en una ermita cerca de Constantinopla fué hallado y traído por un húngaro mercader á estas partes de España, en la letra y pergamino tan antiguo, que con mucho trabajo se pudo leer por aquéllos que la lengua sabían." Imitando en esto Cervantes á Garci-Ordóñez de Montalvo, dijo[155]: "Que la buena suerte le deparó un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita, que se renovaba, en la cual caja se habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que contenían muchas de sus hazañas (esto es, de Don Quijote) y daban noticia de la hermosura de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho Panza y de la sepultura del mismo Don Quijote, con diferentes epitafios y elogios de su vida y costumbres." Escribía esto Cervantes en el año 1604 y lo imprimió en el siguiente. Dejo al arbitrio del juicioso lector determinar la edad en que, según las referidas circunstancias, se finge que vivió Don Quijote de la Mancha. Referir un antiguo médico el hallazgo de los pergaminos donde estaban los epitafios de Don Quijote; haberse hallado en los cimientos derribados de una antigua ermita y estar escritos en letras góticas, cuyo uso se prohibió en España en tiempo del rey don Alfonso VI[156], todas son circunstancias que arguyen el pasaje de algunos siglos. Y esto mismo supone un discurso de Don Quijote, tan ocultamente erudito como graciosamente disparatado[157]: "¿No han vuestras mercedes leído—respondió Don Quijote—los anales é historias de Inglaterra, donde se tratan las famosas hazañas del rey Arturo, que continuamente, en nuestro romance castellano, llamamos el rey Artús, de quien es tradición antigua y común en todo aquel reino de la Gran Bretaña que este rey no murió, sino que por arte de encantamiento se convirtió en cuervo y que andando los tiempos ha de volver á reinar y á cobrar su reino y cetro?" Á cuya causa no se probará que desde aquel tiempo á éste haya ningún inglés muerto cuervo alguno. Pues en tiempo de este buen rey fué instituída aquella famosa Orden de Caballería de los caballeros de la Tabla Redonda, y pasaron, sin faltar un punto, los amores que allí se cuentan de don Lanzarote del Lago con la reina Ginebra, siendo medianera de ellos y sabedora aquella tan honrada dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance, y tan decantado en nuestra España, de
Nunca fuera caballero
De damas tan bien servido
Como fuera Lanzarote
Cuando de Bretaña vino.
Con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes hechos. Pues desde entonces, de mano en mano, fué aquella Orden de Caballería extendiéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo. Y en ella fueron famosos y conocidos por sus hechos el valiente Amadís de Gaula, con todos sus hijos y nietos, hasta la quinta generación, y el valeroso Félix Marte de Hircania, y el nunca, como se debe, alabado Tirante el Blanco[158]. Y casi que "en nuestros días" vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la Orden de su Caballería." Si Don Quijote, pues, fué tan vecino al tiempo en que se fingió haber vivido don Belianís de Grecia y la demás caterva de caballeros andantes, habiéndose referido éstos á los siglos inmediatos al origen del cristianismo, como lo observó y censuró el erudito autor del Diálogo de las lenguas, es consiguiente que Don Quijote de la Mancha se finja haber vivido muchos siglos ha. ¿Cómo, pues, Cervantes supone introducido ya en tiempo de Don Quijote el uso de los coches, siendo así que Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Adición ó Segunda parte á los Oficios de la casa Real, Título del Caballerizo de las Andas, dice que la princesa Margarita, cuando vino á casar con el príncipe don Juan, trajo el uso de los carros de cuatro ruedas, y que habiéndose vuelto viuda á Flandes, cesaron tales carros y quedaron las literas que antes se usaban? Aun en Francia, de donde nos vino esta moda, como casi todas las demás, no es muy antiguo el uso de los coches, porque Juan de Laval Boisdanfin, de la casa de Memoransi, fué el primero que á lo último del reinado de Francisco I se sirvió de un coche por causa de su corpulencia, que era tal, que no le permitía ir á caballo. Debajo del reinado de Enrique II sólo había en la Corte de Francia dos coches, uno para la reina, su mujer, y otro para Diana, hija natural del rey. En la ciudad de París, habiendo sido nombrado primer presidente Cristóbal de Thou, fué el primero que tuvo coche, pero nunca se sirvió de él para ir á la casa real. Estos ejemplos, que introdujo la grandeza ó necesidad, fueron luego tan perniciosos, que llegó la vanidad al último grado. Por lo que toca á España, escribiendo de esto don Lorenzo Vander Hansen y León, en el Libro primero de la vida de don Juan de Austria, dijo estas bien sentidas palabras: "Venía (Charles Pubert, criado del rey emperador Carlos V) en un coche ó carrocilla de las que en aquellas provincias se usaban. Cosa raras veces vista en estos reinos. Salían las ciudades enteras á verla con admiración. Tan corta noticia se tenía por entonces de este género de deleite. Sólo lo que usaban eran carretas de bueyes, y en ellas andaban las personas más graves tal vez. Don Juan (por que no traigamos ejemplos de fuera de casa) fué muchas á visitar el templo de Nuestra Señora de Regla (Loreto de Andalucía) en una de éstas, en compañía de la duquesa de Medina. Esto se usaba en aquel tiempo. Pero dentro de pocos años (el de setenta y siete) fué necesario prohibir los coches por pragmática. Tan introducido se hallaba ya este vicio infernal, que tanto daño ha causado á Castilla." Para pintar este abuso, Miguel de Cervantes hizo que Teresa Panza, mujer de un pobre labrador, manifestase deseos de servirse de coche, sólo por imaginar que su marido era gobernador de la Ínsula Barataria, así como para reirse de algunos grados de doctor que se daban en su tiempo, y que debían suponer pero no hacían á los hombres doctos, hizo mención de algunos licenciados graduados en las universidades de Sigüenza[159] y Osuna[160] en tiempo de Don Quijote, siendo así que por consejo del cardenal Jiménez de Cisneros erigió la de Sigüenza don Juan López de Medina, consejero de Enrique IV y su enviado en Roma, arcediano de Almazán, dignidad de la catedral de Sigüenza y canónigo de Toledo, y más adelante, en el año 1548, fundó la de Osuna, con aprobación de Carlos V y Paulo III, don Juan Téllez Girón, conde de Ureña. Si Cervantes viviese hoy, sobre este punto de los grados diría algo más. Pero sea su comentador don Diego de Saavedra, en su República literaria.
104. Fué también falta de atención aludir en el supuesto tiempo de Don Quijote al Concilio de Trento[161], que empezó á celebrarse el año 1545, siendo Pontífice Paulo III, y se acabó en tiempo de Pío IV.
105. También Cervantes hizo mención de la América del Cura[162], antes que Américo Vespucio, florentino, el año 1497, hubiese puesto los pies en ella dándole su nombre, siendo en esto más feliz que Cristóbal Colón, genovés, que fué su primer descubridor en el año 1492.
106. Ni debía haber hecho mención de Hernán Cortés[163], ni de la destreza de los jinetes mejicanos[164], antes que en el mundo hubiese Cortés, conquistador de Méjico, y que en tal ciudad hubiese habido caballos. Nombró también el famoso cerro del Potosí[165], antes que descubriese sus prodigiosas venas de plata aquel bárbaro cazador[166]. Y la voz "cacique"[167], venida de la isla española[168], no debía ponerse en boca de Sancho Panza[169].
107. Fuera de esto, siendo tan reciente la impresión, no había de suponer su uso en tiempo de Don Quijote[170]; ni hacer mención de tantos autores modernos, así extranjeros como españoles. Extranjeros como Ariosto[171], Miguel Verino[172], Jacobo Sannazaro[173], Antonio de Lostaso, poeta sardo[174], Polidoro Virgilio[175] y otros. Españoles como Garci-Laso de la Vega, á quien unas veces alaba expresamente[176], otras alega sus versos, sin nombrarle[177], y otras alude á él claramente[178]. De Juan Boscán, poeta contemporáneo y muy amigo de Garci-Laso, dice Don Quijote[179]: "El antiguo Boscán se llamó Nemoroso." En lo cual erró de muchas maneras, llamando antiguo á Boscán; y aludiendo á la primera égloga de Garci-Laso de la Vega.
108. El mismo Don Quijote, hablando muy discretamente de la común desgracia de las traducciones, dice[180]: "Fuera de esta cuenta van los dos famosos traductores, el uno, el doctor Cristóbal de Figueroa en su Pastor Fido; y el otro, don Juan de Jáuregui en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la traducción ó cuál el original." Y se ha de advertir, que el doctor Suárez de Figueroa publicó el Pastor Fido, tragicomedia pastoral de Bautista Guarini, en Valencia, año 1609, en la oficina de Pedro Patricio Mey; y don Juan de Jáuregui El Aminta, comedia pastoril de Torcuato Tasso, en Sevilla, por Francisco Lira, año 1618, en 4.º