125. El edicto último de la expulsión de los moriscos de España se publicó en el año 1611, y Cervantes introduce á un morisco llamado Ricote[199], alabando á don Bernardino de Velasco, conde de Salazar, á quien dió Felipe III cargo de la expulsión de los moriscos.

126. Pero ¿qué me detengo yo en amontonar anacronismos, cuando toda la historia de Don Quijote está llena de ellos? Baste decir que Sancho Panza puso la fecha de su carta escrita á Teresa Panza, su mujer, á 20 de Julio de 1614[200], que quizá sería el mismo día que Cervantes la escribió.

127. Mas con todo esto, quiero disculpar cuanto pueda á Miguel de Cervantes Saavedra, diciendo que como al principio de su historia dijo que Don Quijote no había mucho tiempo que vivía en un lugar de la Mancha, siguió después el hilo de esta primera ficción, y olvidado de ella en el fin de su historia, se propuso imitar á Garci-Ordóñez de Montalvo, en el lugar citado, y anticipó el tiempo de Don Quijote. Y así sólo incurrió en este descuido. O para decirlo mejor, Don Quijote es hombre de todos tiempos, y verdadera idea de los que ha habido, hay y habrá; y así se acomoda bien á todos tiempos y lugares. Y cuando los más severos críticos no admitan esta disculpa, á lo menos no me negarán que estos descuidos, y los demás que fuera fácil añadir, de falsas alusiones y equivocaciones, que suelen ser muy frecuentes en una mente algo abstraída por la demasiada atención al principal asunto; por otra parte, se recompensan con mil perfecciones, pudiéndose decir con verdad que toda la obra es una sátira la más feliz que hasta hoy se ha escrito contra todo género de gentes.

128. Porque, si atendemos al asunto, ¿quién había de pensar que por medio de unos libros de caballerías se habían de desterrar todos los demás? El caso fué que, escribiendo con invención y estilo de todas maneras agradables, se hizo único en este género de escritos, como quien tenía bien conocido en qué habían pecado los demás escritores; y cómo podrían evitarse aquellos desaciertos cumpliendo al mismo tiempo con el gusto de los lectores; y nunca manifestó mejor su grande idea que cuando en boca del canónigo de Toledo habló de esta manera[201]: "Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la república éstos que llaman libros de caballerías. Y aunque he leído, llevado de un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos, jamás me he podido acomodar á leer ninguno del principio al cabo. Porque me parece que, cuál más cuál menos, todos ellos son una misma cosa, y no tiene más éste que aquél, ni estotro que el otro. Y según á mí me parece, este género de escritura[202] y composición cae debajo de aquél de las fábulas que llaman milesias, que son cuentos disparatados, que atienden solamente á deleitar y no á enseñar. Al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan juntamente. Y puesto que el principal intento de semejantes libros sea el deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle yendo llenos de tantos y tan desaforados disparates. Que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la hermosura y concordancia que ve ó contempla en las cosas que la vista ó la imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues ¿qué hermosura puede haber, ó qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un libro ó fábula, donde un mozo de dieciséis años dé una cuchillada á un gigante como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique? Y ¿qué cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la parte de los enemigos un millón de combatientes, como sea contra ellos el señor del libro, forzosamente, mal que nos pese, habernos de entender que el tal caballero alcanzó la victoria por sólo el valor de su fuerte brazo? Pues ¿qué diremos de la facilidad con que una reina ó emperatriz heredera se conduce en los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del todo bárbaro é inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento; y hoy anochece en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del preste Juan de las Indias, ó en otras, que ni las descubrió Tolomeo, ni las vió Marco Polo? Y si á esto se me respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de mentira, y que así no están obligados á mirar en delicadezas ni verdades, responderíales yo que tanto la mentira es mejor (habla de la mentira parabólica, que por el fin del que la dice no lo es) cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas y suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden á un mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer el que huyere de la verosimilitud y de la imitación, en quien consiste la perfección de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención á formar una quimera ó un monstruo, que á hacer una figura proporcionada. Fuera de esto, son en el estilo, duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones, disparatados en los viajes; y finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana como á gente inútil." ¿Se podía hacer sátira más fuerte y discreta contra los escritores caballerescos?

129. Pues las críticas particulares que hizo de las obras de ellos fueron exactísimas y graciosísimas, como se puede ver en el capítulo VI de su primer tomo y en otros muchos[203]. Con cuánto disimulo reprendió el estilo de los que le habían precedido en este género de composición, diciendo en persona de Don Quijote que el sabio que escribiese sus hechos, llegando á contar su primera salida tan de mañana, pondría de esta manera[204]: "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos, con sus arpadas lenguas, habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que dejando la blanda cama del celoso marido por las puertas y balcones del manchego horizonte á los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante y comenzó á caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel."

130. También nos pintó Cervantes tan al vivo los vicios, así de los ánimos como de las obras de los demás escritores, que no hay más que desear. En el prólogo de su primera parte, que leído muchas veces siempre causa novedad, con gran disimulo reprende aquéllos que, faltos de doctrina, afectan erudición en las márgenes de sus libros, reventando por parecer eruditos, como si la variedad de las citas arguyese otra cosa que una tumultuaria lección ó manejo de alguna poliantea. Otros, muy fuera de propósito, encajan las citas dentro de la obra, pareciéndoles que si alegan á Platón ó Aristóteles serán tan simples los lectores que se persuadan que los han leído. Otros, habiendo apenas saludado la lengua latina, se precian mucho de afectar su culta latiniparla. Á éstos reprendió Don Quijote, pues en una ocasión[205], en que hablando con Sancho Panza, le dijo: "Que no tuviese pena del desamparo de aquellos animales, que el que los llevaría á ellos por tan longincuos caminos y regiones tendría cuenta de sustentarlos." "No entiendo eso de longincuos—dijo Sancho—ni he oído tal vocablo en todos los días de mi vida." "Longincuos—respondió Don Quijote—quiere decir apartados. Y no es maravilla que no lo entiendas, que no estás tú obligado á saber latín, como algunos que presumen que lo saben y lo ignoran." Por eso Cervantes, que se preciaba de saber la lengua castellana, pero no la latina (que esto pide una aplicación y ejercicio de muchos años), introdujo á Urganda la Desconocida, hablando con su libro de esta suerte:

Pues al cielo no le plu-
Que salieses tan ladi-
Como el negro Juan Lati-
Hablar latines rehu-

131. Este Juan Latino fué un etíope, primeramente esclavo y condiscípulo en la gramática de Gonzalo Fernández de Córdoba, duque de Sessa, nieto del Gran Capitán; y después liberto suyo y maestro de lengua latina en la escuela de la iglesia de Granada.

132. También reprendió Cervantes las frioleras de los intérpretes, cuando escribió así[206]: "Entra Cide Hamete, cronista de esta grande historia, con estas palabras en este capítulo: Juró como católico cristiano, siendo él moro, como sin duda lo era, no quiso decir otra cosa, sino que así como el católico cristiano, cuando jura, jura ó debe jurar verdad, y decirla en lo que dijere, así él la decía, como si jurara como cristiano católico, en lo que quería escribir de Don Quijote."

133. En otra parte[207], tratando de Don Quijote, dice: "Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada ó Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben: aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana." En lo cual, á mi juicio, quiso Cervantes reprender la ociosidad de muchos vanamente solícitos en amontonar varias lecciones, á fin de manifestarse ingeniosos con frívolas conjeturas.