134. Estos, pues, y semejantes escritores son aquéllos de quienes hace burla Cervantes, diciendo en su prólogo que solicitan aprobaciones hechas por sus amigos ó por ellos mismos, para satisfacer mejor á la propia ambición de granjear aplausos. Bien que algunos escritores cuerdos, que saben lo que puede con los necios la autoridad extrínseca, tal vez se dejen llevar, ó del apetito de gloria ó condescendiendo en los ruegos y cortesanía de sus amigos, son los propios fabricadores de sus alabanzas, como sospecho yo que lo practicó el Padre Juan de Mariana en casi todas su obras, y el mismo Cervantes en su tomo segundo de Don Quijote de la Mancha.

135. Los lectores no se libraron de la censura de nuestro autor. Entre otras muchas, me parece muy graciosa aquélla que hizo de los que á las márgenes de los libros ponen notas muy ridículas, cual era la que dice que tenía la historia arábiga de Don Quijote, que, traducida en castellano, dice así[208]: "Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos, que otra mujer de toda la Mancha."

136. No solamente los que escriben y leen tuvieron sus justas reprensiones, sino también los que hablan con poca enmienda. Y á esto me parece que alude lo que dijo el vizcaíno[209]: "Anda, caballero, que mal andes por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas, como estás ahí, vizcaíno." Entendiólo muy bien Don Quijote, y con mucho sosiego le respondió: "Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura." Á lo cual replicó el vizcaíno: "¿Yo no caballero? Juro á Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuan presto verás, que al gato llevas: vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes, que mira si otra dices cosa." Aquí se ve claramente cuánto desfigura el lenguaje y trastorna el sentido la colocación perturbada: vicio de los libros antiguos escritos en romance, como más inmediatos al origen latino; y vicio también del mismo Cervantes en su Galatea, el cual se evita siguiendo la costumbre de hablar; pero como ésta no está fundada en una perfecta analogía, sino que tiene por reglas muchas irregularidades, de aquí nace que no se puede hablar ni escribir con enmienda sin haber estudiado bien la gramática de la propia lengua, como lo practicaron los griegos y romanos, naciones las que mejor han hablado en todo el mundo. Y porque en España no se usa esto, han sido poquísimos los que han escrito con enmienda.

137. Omito que Cervantes también nos quiso enseñar, en boca de Don Quijote, que puede muy bien una provincia ser privilegiada y exenta de tributos, sin distinción de personas; pero que la verdadera nobleza, en opinión de todas las gentes, siempre será aquélla en que los hombres se hagan ilustres por sus hazañas y empleos, y sean honrados de sus repúblicas ó príncipes. Sobre lo cual hizo Don Quijote, en otra parte, un excelente razonamiento, explicando la diferencia de caballeros y de linajes[210]. Y Cide Hamete se ríe de la hidalguía de Maritornes, moza de una venta, diciendo[211]: "Cuéntase de esta buena moza, que jamás dió semejantes palabras (como la que había dado á un arriero de Arévalo) que no las cumpliese, aunque las diese en un monte y sin testigo alguno. Porque presumía muy de hidalga, y no tenía por afrenta estar en aquel ejercicio de servir en la venta. Porque decía ella, que desgracias y malos sucesos la habían traído á aquel estado."

138. También tuvieron su oculta, pero fuerte reprensión, los señores del tiempo de Cervantes, por no apreciar como debían las obras de ingenio. Esta sátira fué agudísima y pide muy particular atención. Pintó Cervantes admirablemente á un falso humanista, al cual solemos llamar pedante; y después de habernos dejado dos graciosísimos retratos suyos[212], en que manifestó la ridícula idea de sus obras, hizo que Don Quijote, prosiguiendo su discretísima conversación, le dijese esto: "¿Querría yo saber, ya que Dios le haga merced de que se le dé licencia para imprimir esos sus libros (que lo dudo), á quién piensa dirigirlos?" "Señores y Grandes hay en España á quien puedan dirigirse", dijo el primo. "No muchos—respondió Don Quijote—. Y no porque no lo merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no obligarse á la satisfacción que parece se debe al trabajo y cortesía de sus autores. Un príncipe conozco yo (discreta lisonja á don Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos), que puede suplir la falta de los demás, con tantas ventajas, que si me atreviera á decirlas, quizá despertara la envidia en más de cuatro generosos pechos." Antigua, pues, y como heredada, es en España esta falta de conocimiento y aprecio de los grandes escritores. Por eso ha habido quien fuera de ella ha buscado Mecenas. Y preguntado otro por qué se mostraba arrepentido de haber honrado la memoria de tantos, respondió[213]: "Porque piensan ellos, que el celebrarlos es deuda; y así no hacen mérito del obsequio. Creen que procede de justicia, cuando no es sino muy de gracia. Por lo tanto, anduvo discretamente donoso aquel autor que, en la segunda impresión de sus obras, puso entre las erratas la dedicatoria primera."

139. No anduvo Cervantes menos discreto en las cosas que pertenecen al trato civil y político. En la persona de Sancho Panza nos pintó los habladores muy al vivo, haciéndole contar un cuento sumamente apropiado, para representar la idea de un importuno hablista semejante á los que tratamos cada día[214]. Y porque en el trato civil no hay mayor impertinencia que la de un ceremonioso, remató el cuento contra la mal fundada presunción de los que ponen el ser en la rigorosa de las leyes de la etiqueta, muy fuera del caso.

140. No le pareció bien á Cervantes que algunos frailes mandasen á algunos señores, y contra esto hizo un fuerte sermón[215].

141. Reprendió el fervor de los farsantes[216], que entonces iban tomando cuerpo, y llegó á ser escándalo.

142. No se libró de su censura la distribución de los premios de justicia. Y, así, en boca de Don Quijote (que tales cosas solamente los locos ó simples suelen atreverse á decirlas), habló de esta manera[217]: "Ya por muchas experiencias sabemos que no es menester ni mucha habilidad ni muchas letras para ser uno gobernador, pues hay por ahí ciento que apenas saben leer y gobiernan como unos gerifaltes. El toque está en que tengan buena intención y deseen acertar en todo, que nunca les faltará quien les aconseje y encamine en lo que han de hacer, como los gobernadores caballeros y no letrados, que sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni tome cohecho ni pierda derecho, y otras cosillas que me quedan en el estómago, que saldrán á su tiempo, para utilidad de Sancho y provecho de la ínsula que gobernare." Aludió en esto Don Quijote á las dos instrucciones que pensaba dar, y dió después, á Sancho Panza: una, política, para el buen gobierno de su ínsula[218], y otra, económica[219], entrambas dignísimas de ser leídas y practicadas de todo buen gobernador y padre de familias. Al propósito de los mismos gobernadores, dijo Sancho Panza[220], cuando trataba de ir á su gobierno y de llevar su Rucio: "Yo he visto ir más de dos asnos á los gobiernos, y que llevase yo el mío no sería cosa nueva." El mismo Sancho anduvo sumamente discreto cuando hablando del uso de la caza respecto de los que tienen por oficio gobernar fué de contrario dictamen que su amo Don Quijote, alegando su refrancico y confirmándolo con la razón natural, que fué la que movió á decir al sabio rey don Alfonso[221] "que non deve (el rey) meter tanta costa que mengue en lo que ha de complir, nin use tanto dello (esto es, de la caza) que le embargue los otros fechos".

143. Sería menester hacer un libro muy crecido si en todo se hubiese de manifestar el alma verdadera de esta fingida historia, y más si hubiésemos de hablar de algunas personas que se creen caracterizadas en las de esta misteriosa historia. Pero pues Cervantes anduvo tan cauto que encubrió su idea con el velo de la ficción, dejemos estas interpretaciones á la curiosa observación de los lectores y sigamos el consejo de Urganda la Desconocida: