Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro; el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.
—«Yo creí que lo había perdido aquel día—dijo limpiándolo con su fino pañuelo de batista.—¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...—murmuró con emoción.
Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y en seguida traspuso la puerta de entrada.
—Vamos, ¿has terminado?—dijo al verla salir el caballero, con tono de aburrimiento.
—Sí, hombre, sí; ya he terminado—respondió Julia maquinalmente y absorbida, al parecer, por un pensamiento.
—¿Qué te ocurre ahora?
—Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo podremos cerrarla.
El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su gusto, exclamó:
—Ten cuidado no te vayan á robar.
—No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no quiero dejarla á merced de nadie.