Y al decir esto, con tanta furia se llevó la navaja al cuello, que Dolores, espantada, dió un grito horrible y se tapó la cara con las manos.

Al oir el grito dado por Dolores, suspendió Juan la operación del degüello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un pequeño corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella actitud. Descubrió su cara temerosa Dolores, y, con enérgico acento, dijo:

—Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo.

Lentamente bajó el brazo Juan.

—¡Que tires eso, te digo!—volvió á repetir la moza.

Juan miró la navaja, miró después á Dolores, y sintiendo sobre sí el influjo del mirar de ella, arrojó violentamente la navaja al fondo del barranco. Cuando Dolores le vió tirarla, dejóse caer en el montoncillo de tierra y rompió á llorar con gran desconsuelo.

Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco á su lado, fué cosa de un segundo.

Sentóse Juan junto á Dolores, rodeó su cintura con un brazo, y, sacándola el pañuelo, que asomaba en uno de los bolsillos del delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas lágrimas que se vertían por su culpa.

—Quita de ahí, bruto; déjame en paz—decía Dolores con entrecortado acento, porque la acción de Juan habíala conmovido muy de veras.

—Dolores... Dolorcicas—decía éste, hecho pura jalea—; no llores ó bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de en medio; no llores, Dolorcicas, y, mírame ya una vez con aquel cariño con que me mirabas antes.