—¡Miá que eres buena! Pero, entonces, dejando á un lao lo de mi cojera, que ya me barruntaba yo que era una añagaza del cochino de Meleno, ¿no hiciste lo que hiciste por celos?

—¿Por celos? ¡En tan poco te crees que me tengo yo!

—Tienes razón: ella, en su esfera, es un ángel; tú, en la tuya, eres otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas.

—¿Sabes el placer más grande que yo tendría?

—Cuál.

—Conocer á esa señora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie.

—No se los quitaría nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy á dar, tampoco te los quita á ti ni el mismísimo Sursum corda.

Y Juan, abrazándose á Dolores, como náufrago que se ahoga, buscó su fresca boca con afán; huíale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon algunos momentos y, al fin, sucumbió la muchacha, que vió ahogadas sus risas por una lluvia de besos.

Hay que hacer constar aquí, que aquella era la primera vez que Dolores consentía á Juan propasarse. Tanto le había visto sufrir al pobrecillo, que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento Dolores advirtió que en el cuello de Juan había sangre; sobresaltóse al pronto, pero en seguida se convenció de que no era más que un arañazo.