—Merecido tenías que te hubiera dejado matarte—dijo cariñosamente la moza.

—Esta será la señal de mi felicidad, Dolores de mi alma.

La noticia de la boda de Juan con Dolores corrió por el pueblo como un reguero de pólvora; aquélla se celebró á los dos meses de lo ocurrido junto al barranco. ¡Ah! el pueblo recobró la tranquilidad, porque el pan volvió á tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que más de una vez vió peligrar la vara.

Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan, salimos de Cornejilla la Vieja para no volver más, con gran satisfacción nuestra; porque la verdad es que la mayoría de los pueblos de España convidan bien poco á visitarlos.


¡Yo me caso con ella!

Muchas lágrimas le había costado á la señora Rita su hijo Ramón; pero ya no lloraba, ya no reprendía... ya no aconsejaba siquiera... ¿Para qué?

Ni ella con su cariño de madre, ni Benito, hermano de Ramón, con sus reflexiones, habían conseguido traer á éste al buen camino. ¡Todo era inútil! Ramón seguía frecuentando la taberna y olvidando el trabajo.

—¿Por qué no vas á la fábrica?—decíale Benito con tono bondadoso.—Mira que con mi jornal solamente no podemos atender á las necesidades de la casa.

—Yo no pido nada—respondía Ramón secamente.