—No pides nada, es verdad; pero no es la primera vez que he tenido que pagar deudas tuyas.
—Has hecho mal.
—Ya que madre y yo te seamos indiferentes, piensa, al menos, que estás comprometido con la Inés; que en el pueblo se murmura que no te portas con ella como un hombre de bien, y que es preciso que demuestres que lo eres.
—Los del pueblo podían ocuparse en sus asuntos y dejar á los demás en paz.
Y, por regla general, Ramón, dando media vuelta, se alejaba dejando á su hermano con la palabra en la boca.
Estaba visto que no podía hacer carrera de su hermano, y que ni él ni su madre podían contar con Ramón para nada.
Efectivamente: Ramón, dominado por sus ideas levantiscas y por su holgazanería, sobre todo, no estaba dispuesto á escuchar razones ni á seguir consejos.
¡Cuanto sufría el pobre Benito!, muchacho honrado, trabajador y formal como pocos; amante de su madre y de su casa, como nadie. Él no podría casarse nunca; él no podría decirle á Rosa, aquella muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias caderas, que la quería con toda su alma. ¿Cómo iba él á crearse nuevas necesidades si apenas podía con las actuales? ¿Cómo iba él á exponerse á que ella no quisiera á su madre, á la buena señora Rita y...? A él sí que le quería, se lo decía con sus relucientes ojos siempre que se encontraban; pero dice el refrán que «el casado casa quiere», y... ¡No; él no abandonaría nunca á su madre!
Ramón era el azote de todas aquellas personas á las que, por ley natural, debía amar tanto.
Inútilmente la madre de Inés aconsejaba á ésta constantemente que dejara á Ramón.