—No puedo, madre, no puedo—respondía la muchacha invariablemente.—Yo sé que es malo, lo sé... pero no puedo dejarlo.
Bien sabía ella que iba á ser desgraciada, que lo era ya; pero el mal no tenía remedio.
—Si yo te quiero ahora más que á nada en el mundo—la dijo Ramón un día—, ¿qué será, Inés, si accedes á ser mía? Entonces yo seré como vosotros queréis que sea; trabajaré y ahorraré para casarme en seguida, porque no podré vivir sin tenerte á todas horas.
La pobre Inés, creyendo en la sinceridad de aquellas palabras, y pensando que su sacrificio sería base de la redención de su novio, fué débil y entrególe su honor inmaculado. Y es lo cierto que, desde entonces, la infeliz perdió todo el ascendiente que tenía sobre Ramón y que llegó á verse tratada brutalmente por aquel hombre.
No fué esto lo peor; lo peor fué que en el pueblo se empezó á murmurar, porque Ramón se fué de la lengua más de lo debido, y bien pronto comprendió la pobre muchacha que su falta era ya conocida de todos.
Inés sentía su alma hacerse pedazos al pensar en su madre. ¿Qué sucedería cuando llegara el momento inevitable en que ella se enterara... ¡Nada...! Si hubiese tenido padre, otra cosa hubiera sido; pero su madre... su madre no pudo hacer más que llorar, llorar como ella, sin tregua ni consuelo, sentirse morir de pena, y adorar á su hija tanto más cuanto más desgraciada la veía.
Hubo conferencias con Ramón; súplicas... ruegos... amenazas... ¡Todo fué inútil! ¡El se casaría cuando quisiera!
Se suspendieron las recriminaciones para ver si por el camino de la dulzura se conseguía algo de aquel hombre sin conciencia; pero nada se consiguió, y Ramón fué, más que nunca, el tirano de aquellos dos hogares, sumidos en la más negra desesperación, por su culpa.
Un día sucedió lo que tenía que suceder. El final de una partida de mus, fué el principio de una batalla campal. Insultos, imprecaciones... blasfemias... navajas, cuyas hojas brillan en el aire como relámpagos... y un cuerpo que cae desplomado al suelo...