Más de un mes había transcurrido desde el trágico fin de Ramón, y aun no habían cesado los comentarios que de él se hacían, sobre todo, en lo referente á la pobre Inés.
Por dondequiera que iba el bueno de Benito, siempre llegaban á sus oídos rumores de conversaciones, en las que su hermano no salía muy bien librado.
Aquella situación se iba haciendo intolerable; la falta cometida por su hermano la sentía Benito pesar sobre su conciencia, como si fuera él quien la hubiera cometido.
Pasábase las noches de claro en claro luchando con sus ideas; sostenía vivos altercados con su conciencia, que, en verdad, nada le reprochaba; discutía acaloradamente con su madre y sostenía larguísimas conversaciones con Rosa, exponiéndola razones irrefutables para convencerla de que debía perdonarle la traición que bullía en su cerebro, puesto que era en beneficio del descanso de Ramón y de la paz y el sosiego de la pobre Inés. Y tanto y tanto bregó con la una, y tan elocuente se mostró con la otra, que al fin, aunque lo cierto es que nunca habló con ellas, sino consigo mismo, logró convencerlas, y Benito pudo poner en práctica el proyecto que hacía días le tenía en aquel estado tan lamentable.
Una tarde, pálido y tembloroso, poseído de una grande emoción, tanto por el acto que iba á realizar como por la incertidumbre del acogimiento que pudiera tener, se presentó en el ancho portalón de la casa de Inés. La imagen de Rosa se le presentó allí nuevamente más hermosa que nunca; pero Benito dióla las últimas y más poderosas razones que podían servirle de justificante para su conducta, y aquélla, anegada en llanto, desapareció para siempre.
Las dos mujeres, sentadas una enfrente de otra, cosían cuando Benito hizo su aparición. Al verle la señora Juana, madre de Inés, exclamó con enojo:
—¡Tú aquí!
—Yo, señora Juana, yo mismo—respondió todo azorado Benito.
—Creí que no nos volveríamos á ver más.
—¡Señora Juana!...