—Madre—interrumpió Inés—, Benito es bueno... ¿Por qué le habla usted así al pobre?... ¡Qué culpa tiene él!...
—Si él hubiera influído lo necesario con su hermano...
—¡No diga usted eso, por lo que más quiera, señora Juana!—exclamó Benito con fogosidad en él no acostumbrada.
—¡Madre!...
—Puede que me equivoque, tal vez...; pero vete, Benito, vete. ¿Cómo quieres que te vea con calma viendo á mi hija? ¿Cómo quieres que hable, qué quieres que diga si me recuerdas al autor de nuestra desgracia?
Inés, levantándose con presteza, fuése hacia su madre, besándola y acariciándola con ternura.
—¿Qué será de mi pobre hija—continuó la señora Juana entre sollozos—; quién la amparará cuando yo falte, cuando quede sola en el mundo?... ¡Mi pobre hija no tendrá quien vele por ella; porque ¿quién ha de casarse ya?...
Benito, que estaba escuchando con la cabeza baja y dándole más vueltas á su gorra que rueda de molino, exclamó al oir á la madre de Inés:
—¡Yo!
Al escuchar aquella contestación, quedaron ambas mujeres mudas y perplejas.