—¿Tú?—dijo al fin la señora Juana.

—Yo, sí; yo me caso con ella.

Miraba Inés á Benito, sin acertar á comprender sus palabras; sin duda había oído mal.

Benito, no queriendo dar lugar á que el habla se le cortase, continuó diciendo:

—A tratar de eso vengo con usted y con ella. Es preciso que Inés recupere su honra, y es preciso que la gente deje ya tranquilo á mi hermano en su sepultura. Si Inés quiere, será mi esposa; es el único medio que he encontrado para reparar el mal que mi hermano le causó.

Inés miró con asombro á Benito durante algunos instantes.

—¿Tú serás el padre del hijo de tu hermano?—preguntó después, poniéndose más pálida que la cera.

—Yo, Inés; yo seré el padre de esa criatura que ha de venir al mundo; yo seré tu marido y haré cuanto esté en mano para que seas feliz... si tú me aceptas.

Inés se acercó lentamente á Benito, y cogiéndole una de sus manos, estampó en ella un beso, murmurando con los ojos arrasados en lágrimas:

—¡Gracias, Benito!