Y después, echando los brazos al cuello de su madre, la estrechó amorosamente contra su pecho.
Benito, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sintió que una mano misteriosa arrancaba de su corazón la imagen de Rosa, de aquella muchacha fornida y fresca, de pelo negro, de dientes blancos, de pronunciado seno y recias caderas, á la que nunca se había atrevido á decir: ¡Te quiero con toda mi alma!...
Ellas son más tercas
—¡Cómete este caramelo, Andrés!—dijo Lucía á su novio alargándole uno.
—Ya sabes que no me gustan—replicó éste.
—¡Que te lo comas!
—¡Que no me lo como!
—¡Pues no me vuelvas á dirigir la palabra!
—¡No te la dirigiré!